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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Rastros en la nieve: la cacería silenciosa del puma en la estepa santacruceña

Desde Perito Moreno, en el corazón de la ruta 40, salen expediciones de tres días para seguir al felino más grande de la Patagonia. Entre huellas, guanacos alarmados y cóndores que delatan la presa, la búsqueda se vuelve una lección de lectura del paisaje invernal.

Por Federico SandovalAmbiente y energías renovables · · hace 41 d
Rastros en la nieve: la cacería silenciosa del puma en la estepa santacruceña

La cifra que abre esta nota no es de megawatts sino de especie: el puma adulto macho puede pesar entre 55 y 80 kilogramos, mientras que la hembra ronda los 30 a 60, y ese animal, el depredador tope de la estepa patagónica, es el protagonista absoluto de una experiencia turística que tiene su base de operaciones en la ciudad de Perito Moreno, en el noroeste de Santa Cruz, sobre el cruce de la ruta nacional 40 y la ruta provincial 43, en el departamento Lago Buenos Aires. Desde allí, operadores locales organizan expediciones de tres días para rastrearlo en pleno invierno, cuando el manto blanco que cubre la estepa funciona como una hoja en blanco donde cada pisada queda escrita con nitidez.

¿Por qué el frío y la nieve son aliados del rastreador?

El invierno en esa zona de la Patagonia no es un detalle estético: es una herramienta de trabajo. Las temperaturas caen bien por debajo de cero, la nieve se acumula hasta las rodillas y el asfalto se cubre de hielo, pero esa misma dureza es la que vuelve viable la búsqueda. Sobre la superficie nevada, la huella del puma se imprime con una claridad que en otras estaciones es imposible de conseguir: redondeada, con la almohadilla en forma de pentágono y, dato clave para no confundirla con la de un perro, sin marcas de uñas, porque el felino las retrae al caminar. La pata delantera es más grande que la trasera, otra pista que los guías locales leen como quien descifra un mensaje. El avistaje, aclaran los operadores, nunca está garantizado: lo que se garantiza es el proceso, que atraviesa quebradas, cañadones y zonas aledañas al Parque Patagonia Argentina, un área que, según el material de base, registra más de 120 especies de aves.

¿Qué señales lee el guía antes de ver al animal?

Las salidas arrancan de madrugada, antes del amanecer, y el grupo avanza con binoculares en mano hacia posiciones elevadas desde donde se otea el terreno. Los baqueanos trabajan con un repertorio de cuatro indicios que, cuando aparecen, ordenan frenar y observar en silencio. El primero es la agitación de los guanacos y los choiques, que se desplazan inquietos cuando perciben al predador cerca. El segundo son las huellas en la nieve, la prueba directa. El tercero, aéreo: el vuelo de caranchos o cóndores que convergen sobre un punto delatan restos de una presa reciente. El cuarto, macabro pero elocuente, son los restos mismos, generalmente de guanacos o liebres, parcialmente cubiertos con tierra o vegetación por el propio puma, que oculta el cadáver para volver a comerlo. Cuando alguna de esas señales aparece, la lógica de la excursión cambia: ya no se camina, se aguarda.

El puma, a diferencia de los grandes felinos del mundo, no ruge: se comunica con ronroneos, gruñidos y silbidos, un detalle que descoloca a quien llega esperando el alarido del jaguar. Es de hábitos principalmente crepusculares y nocturnos, solitario y territorial, y en la Patagonia su dieta se apoya sobre todo en guanacos, choiques y liebres, las poblaciones de herbívoros y sosteniendo el equilibrio del ecosistema. Puede saltar hasta cinco metros en vertical y más de diez en horizontal, cifras que los guías suelen repetir cuando el grupo pregunta por qué no hay que subestimar a un animal que, en silencio, puede cubrir esa distancia en un solo movimiento.

¿Qué más aparece en el camino y qué falta para que la actividad crezca?

La estepa que rodea a Perito Moreno no es solo territorio de pumas: el recorrido suma zorros colorado y gris, piche patagónico, zorrino, guanacos en manada y, en el cielo, cóndores andinos, choiques y flamencos, un elenco que convierte a la excursión en un inventario ambulante de fauna austral. La ciudad, además, funciona como puerta de entrada a otros atractivos cercanos: el pueblo de Los Antiguos, a pocos kilómetros, productor de cerezas y frutillas gracias a un microclima de valle, y, hacia el sur, el Parque Provincial Cueva de las Manos, con su patrimonio arqueológico de arte rupestre. Lo que falta, y aquí el tono se vuelve necesariamente opinativo, es regulación seria y monitoreo poblacional del propio puma para que el turismo de avistaje no termine presionando a la especie que dice proteger: por ahora, la actividad se mueve más por la buena voluntad de los guías locales que por una política pública que fije cupos, temporadas y protocolos de comportamiento frente al animal, y mientras esa ausencia se mantenga, el riesgo de que la huella en la nieve se vuelva una huella en el bolsillo de unos pocos seguirá creciendo al mismo ritmo que la nieve se derrite.

FS
Federico SandovalAmbiente y energías renovables

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