La jubilación mínima no alcanza ni para los medicamentos: la canasta de los adultos mayores trepó a 2.090.646 pesos
Un relevamiento de la Defensoría de Tercera Edad y la Sociedad Iberoamericana de Geriatría y Gerontografía advirtió que el costo de vida para los jubilados se cuadruplicó frente al haber mínimo, con la salud, la alimentación y la vivienda concentrando cerca de dos tercios del presupuesto.
El dato de fondo es inapelable y describe, en una sola línea, la profundidad de la crisis que atraviesan los adultos mayores en la Argentina: la jubilación mínima con bono de octubre ascenderá a 505.748 pesos, mientras que el rubro medicamentos y salud dentro de la canasta de los jubilados alcanza los 518.708 pesos mensuales. Es decir, una persona mayor necesitará, sólo para pagar los fármacos y la atención médica de un mes, una cifra superior a la totalidad del haber mínimo que cobrará con el refuerzo extraordinario. La radiografía la elaboraron en forma conjunta la Defensoría de la Tercera Edad y la Sociedad Iberoamericana de Geriatría y Gerontología, que situaron la canasta de octubre en 2.090.646 pesos, con un incremento interanual del 38 por ciento.
¿Cuáles son los gastos que más pesan en el presupuesto?
- Medicamentos y salud: 518.708 pesos por mes. Por sí solos, este rubro ya supera la jubilación mínima con bono, que en octubre de 2026 ascenderá a 505.748 pesos.
- Alimentos: 457.742 pesos mensuales, un capítulo ineludible para cualquier hogar y que suele tensionarse con el correr de los meses en ausencia de ajustes.
- Vivienda: 364.969 pesos, contemplando propietarios, inquilinos y residentes en pensiones, según el diseño del relevamiento.
- Los tres rubros concentran 1.341.419 pesos, equivalente a alrededor de dos tercios de los 2.090.646 que demanda la canasta completa.
La metodología del trabajo, vale aclararlo, no se construyó en el vacío: toma como referencia las pautas de la canasta familiar que mide el Instituto Nacional de Estadística y Censos y las reorienta hacia los patrones de consumo característicos de las personas mayores, con especial atención al peso de la salud. El relevamiento abarcó la Ciudad de Buenos Aires, el conurbano bonaerense, Córdoba, Rosario y Mendoza, es decir, los principales aglomerados urbanos del país, lo que le otorga una representatividad significativa aunque no total. En el capítulo salud, el cálculo incorpora los descuentos disponibles en farmacias de acuerdo con la obra social de cada beneficiario, un detalle que, lejos de mejorar el cuadro, evidencia que aun con esos descuentos el gasto desborda el ingreso mínimo.
La comparación con los demás beneficios previsionales profundiza el cuadro. Las Pensiones No Contributivas por Invalidez y Vejez, que perciben los adultos mayores sin aportes suficientes, se ubicaron en 375.023 pesos, mientras que la Pensión Universal para el Adulto Mayor llegó a 418.598 pesos con bono. Ambos montos, al igual que la jubilación mínima, quedan por debajo del costo estimado sólo para medicamentos y salud, lo que significa que esos beneficiarios no llegan a cubrir el primer tramo de la canasta y deben endeudarse, asistirse con ayuda familiar o directamente suspender tratamientos. La jubilación mínima, con el refuerzo incluido, apenas permite cubrir menos de una cuarta parte del total calculado por el relevamiento, una proporción que se mantiene en el mismo rango desde hace varios años y que muestra un desfasaje estructural, no coyuntural.
La escalada, además, no se detiene. Frente a la medición de octubre de 2025, cuando la misma canasta se ubicaba en 1.514.074 pesos, el incremento acumulado en doce meses alcanzó el 38 por ciento. En apenas siete meses, de marzo a octubre, la suba fue del 14,58 por ciento, lo que confirma que la presión sobre los presupuestos de los jubilados se acelera, en lugar de moderarse, en un contexto de inflación persistentemente elevada y de políticas de recomposición previsional que, hasta ahora, no lograron revertir la tendencia de fondo. La magnitud del desfasaje obliga a preguntarse qué se discute en materia previsional, porque mientras el debate se concentra en la edad jubilatoria o en la sustentabilidad del sistema a largo plazo, la urgencia cotidiana sigue siendo otra: la mayoría de los adultos mayores argentinos no llega a fin de mes ni siquiera cubriendo los medicamentos que necesitan para vivir.
Queda, en consecuencia, un listado de tareas pendientes que ningún funcionario puede seguir esquivando. Falta una actualización real de los haberes mínimos que contemple la suba acumulada de la canasta de los propios jubilados y no sólo la variación general de precios, porque la inflación que golpea a un adulto mayor no es la misma que la de un trabajador en actividad. Faltan políticas activas para reducir el precio de los medicamentos, que se han transformado en el rubro más crítico y el primero en devorar el ingreso. Falta, también, garantizar que la Pensión Universal para el Adulto Mayor y las Pensiones No Contributivas se acerquen, como mínimo, al costo de la canasta básica alimentaria, una línea de indigencia que ni siquiera hoy alcanza a cubrirse. Y falta, por sobre todo, transparentar la metodología con la que se definen los aumentos trimestrales, porque la brecha entre lo que se anuncia y lo que efectivamente se necesita para vivir se sigue agrandando, trimestre tras trimestre, sin que nadie parezca dispuesto a hacerse cargo.
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