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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Detrás de cada palabra en la etiqueta: lo que el vino dice y lo que la bodega calla

Añada, blend, estate, tardío, orgánico, puntajes de 90 a 100: la guía para leer una etiqueta sin pagar de más por un término que no garantiza nada.

Por Federico SandovalAmbiente y energías renovables · · hace 38 d
Detrás de cada palabra en la etiqueta: lo que el vino dice y lo que la bodega calla

Federico Sandoval, Ambiente y energías renovables. Hay un ejercicio que cualquier consumidor puede hacer frente a la góndola y que, sin embargo, casi nadie repite: leer la etiqueta del vino como si fuera un contrato. Allí conviven términos regulados por organismos oficiales con otros que son pura decisión de comunicación de cada bodega, y la diferencia entre unos y otros puede traducirse en el precio que se termina pagando por una botella. La redacción del rotulado, en muchos casos, parece diseñada para evocar prestigio más que para informar, y eso es lo que conviene desmontar antes de elegir.

¿Qué dice realmente la añada y por qué no coincide con el año de la góndola?

La añada es el año en que se cosecharon las uvas, no el año en que el vino llegó a la góndola. Un vino que sale al mercado en 2026 puede ser de cosecha 2023 o 2025, según el tiempo que haya pasado en crianza, un proceso que se desarrolla en barricas, tanques de acero, huevos de cemento o directamente en botella y que define buena parte del carácter final de la bebida. A eso se suma un factor que las bodegas conocen bien: el clima varía de un año a otro y eso hace que ciertas añadas sean más escasas o más buscadas, con precios sensiblemente más altos en la gama alta, lo que termina trasladándose al consumidor como un dato objetivo cuando en realidad es una construcción de mercado.

¿Blend o corte? ¿Estate o single vineyard? ¿Qué garantiza cada palabra?

Cuando la etiqueta dice blend o corte, el vino está elaborado con más de una cepa, o con uvas de distintos viñedos o cosechas, y los porcentajes no siempre figuran en el envase, una opacidad que pocas marcas se ocupan de revertir. Lo que sí aparece obligatoriamente, en el caso de los vinos varietales, es una exigencia del Instituto Nacional de Vitivinicultura: al menos el 85 por ciento de la composición debe corresponder a la cepa declarada, y el 15 por ciento restante puede ser de otras variedades sin que el productor esté obligado a aclararlo, un margen que deja bastante espacio para la sorpresa en la copa.

El término estate indica que las uvas provienen de viñedos propios de la bodega, un dato que no es menor si se considera que una parte importante de la producción argentina se elabora con uvas compradas a terceros, y que cuando la procedencia es propia muchas bodegas lo destacan como valor agregado, aunque sin detallar qué proporción del establecimiento completo se destina efectivamente a ese corte. La expresión single vineyard, por su parte, señala que todas las uvas vienen de un único viñedo, lo que le otorga trazabilidad y singularidad al vino y suele aparecer en etiquetas de gamas medias y altas como sello de distinción territorial.

¿Tardío u orgánico? Dos rótulos con estatutos muy distintos

  • Tardío: uvas cosechadas fuera del período habitual, pasadas de madurez y parcialmente deshidratadas, lo que concentra el azúcar; parte se convierte en alcohol durante la fermentación y el resto queda como azúcar residual, lo que les da su característica dulzura. Se los sugiere para quesos o postres, aunque en Argentina se consumen en distintas ocasiones, y los blancos tardíos son los más comunes en las góndolas de supermercado.
  • Orgánico: para que un vino lleve este rótulo en Argentina debe haber sido elaborado sin agroquímicos, pesticidas ni fertilizantes sintéticos, y contar con una certificación de una empresa habilitada por el SENASA, un proceso que encarece la producción y que, por lo tanto, suele justificarse en el precio final.
  • Puntajes 90-100: las etiquetas circulares con puntajes entre 90 y 100 son una herramienta de marketing, ya que reproducen las calificaciones que críticos internacionales le asignaron a esa botella, sin que exista en el país un organismo oficial que audite esos puntajes ni que garantice que la botella que llega al consumidor sea la misma que fue evaluada.

¿Qué falta, entonces, para que la etiqueta deje de ser un argumento de venta y pase a ser una información confiable?

Lo que falta, en rigor, es voluntad de transparentar la composición más allá del 85 por ciento que exige el INV, regulación efectiva de los sellos que aluden a prácticas agrícolas y ambientales, y una discusión pública sobre los puntajes que circulan como si fueran medallas oficiales cuando en realidad son decisiones editoriales de críticos privados. Mientras esa conversación no exista, el consumidor seguirá pagando un plus por palabras que, en muchos casos, no pasan de ser un buen eslogan de góndola.

FS
Federico SandovalAmbiente y energías renovables

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