Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Entretenimiento /

La tríada de Patricio Guzmán que sigue latiendo medio siglo después

El documentalista chileno reconstruye en tres películas el camino que llevó al golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende e instaló a Pinochet, con una mirada que combina el trabajo parlamentario y las asambleas de los trabajadores.

Por Iris EvansCultura y espectáculos · · hace 30 d
La tríada de Patricio Guzmán que sigue latiendo medio siglo después

Como escribió Víctor Jara en una de sus canciones más recordadas, la historia se canta y se cuenta desde abajo, desde los oficios y los sueños colectivos que muchas veces quedan fuera de los libros oficiales. Esa idea, la de un relato que nace en las bases tanto como en los despachos, es la que atraviesa La batalla de Chile, la obra en tres partes que el documentalista Patricio Guzmán terminó a fines de los años setenta y que sigue siendo, para quien se acerca a ella por primera vez, una pieza fundamental para entender un período que cambió para siempre a Chile y que, de algún modo, también reordenó el debate político en toda América Latina.

Porque lo que Guzmán se propuso fue algo tan ambicioso como delicado: instalarse con su cámara en el centro mismo de los acontecimientos, allí donde las decisiones todavía no estaban tomadas, y registrar el día a día de un país que se debatía entre la vía institucional, la presión de las fábricas, la movilización popular y la amenaza militar que se volvía cada vez más visible. El resultado es un mosaico en movimiento, distribuido en tres largometrajes, que lleva por títulos La insurrección de la burguesía, El golpe de estado y El poder popular, y que funciona como una sola obra pensada para ser vista de principio a fin.

Tres películas, un mismo pulso

  • La insurrección de la burguesía recorre el avance de los sectores opponents al gobierno de Salvador Allende y la manera en que esa presión se fue organizando dentro y fuera del Parlamento.
  • El golpe de estado registra el día del quiebre institucional, el 11 de septiembre de 1973, con la intervención militar que puso fin al gobierno de Allende y dio paso a la dictadura de Augusto Pinochet.
  • El poder popular recoge la experiencia de los trabajadores, los cordones industriales y las asambleas, donde se discutían tanto las respuestas políticas como las formas concretas de organización cotidiana.

Esa voluntad de filmar mientras todo se decide le da a La batalla de Chile un atractivo particular: el espectador no asiste a una reconstrucción de archivo ni a una voz en off que ordene lo ocurrido, sino que convive con las reuniones de los partidos, con los pasillos del Congreso, con las discusiones en las fábricas y también con los momentos en que la violencia irrumpe y rompe el tono deliberativo. Allí conviven los debates estratégicos de la izquierda, las internas entre el Partido Socialista y el Partido Comunista, y la organización de bases que, en muchos casos, terminó siendo el último sostén antes de la madrugada del golpe.

Para entender el ADN de esta obra hay que situarla en una corriente con nombre propio, el Tercer Cine, una manera de hacer películas que en las décadas del sesenta y setenta desarrollaron cineastas latinoamericanos con el propósito de apartarse de la lógica comercial de Hollywood y de producir, en cambio, un cine de compromiso político, casi siempre con equipos reducidos, recursos limitados y una relación muy estrecha con los movimientos sociales del propio territorio. Guzmán, formado junto a figuras como Chris Marker y Fernando Allende en el impulso del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, adscribe a esa idea de la cámara como herramienta de registro histórico y, al mismo tiempo, como una forma de militancia.

La batalla de Chile resume esa concepción en estado puro: cada plano parece tomado con la urgencia de quien sabe que lo que está filmando puede no repetirse y que, al mismo tiempo, necesita dejar testimonio. El montaje combina registros cinematográficos con un tratamiento casi periodístico, apoyándose en escenas de debate parlamentario, en marchas, en asambleas, en la calle y en los barrios, y en los momentos en que la violencia estalla, y construye, así, un relato coral donde se cruzan las voces del mundo obrero, de los partidos, de los militares y de los técnicos que acompañaron al gobierno de la Unidad Popular.

A medio siglo de su estreno original, la película sigue siendo una puerta de entrada privilegiada para quien quiera entender qué pasó en Chile entre 1970 y 1973, y también un recordatorio de que las grandes crisis políticas rara vez se cuentan desde un solo lugar. Si nunca la viste, te recomiendo encararla con tiempo y en el orden pensado por Guzmán, porque vista como una trilogía funciona mucho mejor que como tres filmes aislados, y porque cada una de las partes conversa con las otras de un modo que, visto hoy, conserva una fuerza poco habitual en el género documental.

IE
Iris EvansCultura y espectáculos

Te puede interesar