Espírito Santo: la frontera verde y azul que se cuela entre Rio y Bahía, con un plato que rompe el molde
La meseta costera que mira al Atlántico y se sube a las sierras ofrece playas sin masividad, una roca que cambia de color como un semáforo natural y una gastronomía que se anima a discutirle el trono a Bahía, todo a menos de una hora de vuelo desde Rio de Janeiro.
El estado brasileño de Espírito Santo es, probablemente, uno de los grandes desconocidos del itinerario sudamericano, y no por falta de atributos sino por exceso de anonimato frente a sus vecinos más ruidosos. Ubicado en el corazón de la región Sudeste de Brasil, con costas sobre el Atlántico y límites secos con Bahía, Minas Gerais y Rio de Janeiro, este territorio que tiene a Vitória como capital ofrece una combinación poco habitual: playas amplias, de oleaje moderado y sin la masificación que caracteriza a otros puntos del litoral brasileño, a apenas una hora de vuelo desde Buenos Aires vía Rio de Janeiro o São Paulo.
La ciudad vecina de Vila Velha concentra buena parte de la oferta costera del estado, con arenales extensos y aguas que invitan al descanso sin el ruido ni las multitudes que suelen copar los rankings turísticos. A poco más de una hora de ruta desde esa zona metropolitana, el paisaje se transforma de manera abrupta: las sierras aparecen con un clima fresco, una geografía distinta y la presencia dominante de Pedra Azul, una formación rocosa cubierta por vegetación que varía de color a lo largo del día entre verde, azul intenso y naranja, según la posición del sol. El fenómeno, de naturaleza óptica, depende del modo en que la luz incide sobre la piedra y convierte cada visita en una experiencia visual irrepetible, como si la montaña decidiera vestirse distinto a cada rato.
¿Qué se hace cuando la playa se sube a la montaña?
La región serrana de Espírito Santo suma lavandarios, haciendas cafetaleras y un entramado de productores de quesos, embutidos artesanales y palmitos frescos que convirtió al agroturismo en una de las actividades más consolidadas del estado. Los recorridos incluyen degustación y compra directa al productor, en una vuelta que enlaza turismo rural con producción de café de especialidad, un segmento que ha ganado espacio en el paladar argentino y que aquí se ofrece en su lugar de origen, con trazabilidad visible y aroma reciente.
¿Por qué la gastronomía capixaba se anima a discutirle el trono a Bahía?
El plato central de la mesa capixaba es la moqueca capixaba, una preparación que se diferencia de manera tajante de la versión bahiana: no lleva aceite de palma ni leche de coco, lo que la vuelve, en los hechos, una receta distinta con un nombre parecido. Según Rafael Granvilla Oliveira, gerente de Promoción y Marketing Turístico del estado, se trata de una preparación ligera y saludable, cocinada en cazuela de barro a base de pescado, tomates, cebollas y hierbas naturales. Esa austeridad deliberada es, paradójicamente, su mayor atractivo: deja hablar al producto del mar, al sofrito de vegetales y al perfume de las hierbas, sin la pantalla grasa que caracteriza a otras cocinas regionales brasileñas.
“Es una preparación ligera y saludable, cocinada en cazuela de barro a base de pescado, tomates, cebollas y hierbas naturales.”Rafael Granvilla Oliveira, gerente de Promoción y Marketing Turístico de Espírito Santo
¿Cómo se llega y qué falta para que Espírito Santo deje de ser sorpresa?
Para llegar desde la Argentina, el camino más directo es un vuelo hasta Rio de Janeiro o São Paulo y desde allí una conexión hacia el aeropuerto de Vitória: aproximadamente 45 minutos desde la primera y algo más de una hora desde la segunda. Quienes prefieran la ruta terrestre desde Rio de Janeiro tienen por delante unas ocho horas de viaje por la ruta costera, un recorrido lento pero apto para ir sumando paradas. Lo que falta, del lado argentino, es que los operadores turísticos y los grandes medios le dediquen al estado el espacio que su oferta merece: playas sin saturación, sierras con agroturismo serio, café trazable y una gastronomía con identidad propia, todo comprimido en un territorio chico que, por ahora, sobrevive en el mercado argentino como una recomendación de nicho más que como una propuesta de temporada. Esa es, probablemente, la próxima frontera a cruzar.
