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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El precio oculto de ser el pilar de todos: por qué los cuidadores crónicos suelen quedar solos a los 60

La psicología clínica advierte sobre un perfil paradójico: personas competentes, queridas y socialmente activas que, al llegar a la madurez, descubren que sus vínculos eran más funcionales que afectivos. Reconocer el patrón a tiempo es el primer paso para empezar a recibir tanto como se da.

Por Camila AguilarSociedad y vida · · hace 44 min
El precio oculto de ser el pilar de todos: por qué los cuidadores crónicos suelen quedar solos a los 60

Lo veo una y otra vez en el consultorio, y cada vez me sigue golpeando. Llega una mujer de 61 años, Profesora de toda la vida, con dos hijos criados, un ex marido con el que terminó en buenos términos, hermanos que la llaman para todo. Atendió a su madre hasta el final, sostuvo a una sobrina durante una crisis, fue el hombro donde lloró media cuadra. Mientras me cuenta, yo pienso: esta señora tiene más gente alrededor que un semáforo en hora pico. Y sin embargo, cuando le pregunto quién la llama a ella cuando está mal, se queda en silencio. Ese silencio es el verdadero motivo de la consulta.

La psicología clínica viene trabajando hace años con un concepto que describe exactamente lo que acabo de contar. Lo llaman cuidado compulsivo, y aunque el nombre suena fuerte, no tiene que ver con un trastorno, sino con una manera muy particular de armar la propia identidad alrededor de la fortaleza y de la disponibilidad permanente. Quien encaja en ese perfil escucha, contiene, organiza, resuelve. Lo hace bien, lo hace rápido, y lo hace casi siempre. El problema aparece cuando uno mira el balance: la balanza está siempre inclinada para el mismo lado.

Vínculos que se construyen sobre la función, no sobre el afecto

Porque acá viene lo incómodo, lo que a mí como periodista me cuesta transmitir sin que suene a reproche, porque no lo es. Muchos de esos vínculos que parecen tan sólidos no están hechos de cariño puro: están hechos de lo que la persona fuerte sabe, de a quién conoce, de lo rápido que destraba un trámite o calma un conflicto familiar. Son lazos utilitarios, funcionales, y eso no tiene nada de malo mientras el contexto los sostiene. El problema es que el contexto cambia, y cambia siempre.

Cuando alguien deja de trabajar, cuando se muda, cuando atraviesa un duelo propio, cuando simplemente se jubila y deja de ser esa fuente de contactos y de soluciones, la red se empieza a notar más flaca. No porque la gente sea mala, sino porque lo que unía era la función, no el afecto. Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las que se vienen haciendo en el MIT hace décadas, confirman algo que muchos intuyen pero pocos se animan a decir: los lazos sostenidos solo en la utilidad tienden a colapsar cuando el contexto se modifica. La reciprocidad, en cambio, es la que los hace sobrevivir a las tormentas.

Por qué pedir ayuda se vuelve una misión imposible

Hay otro obstáculo, y este es más silencioso. Quienes ejercieron durante años el rol de cuidadores compulsivos suelen asociar pedir ayuda con una amenaza directa a su propia imagen. Mostrar vulnerabilidad les resulta incómodo, casi contradictorio: durante décadas construyeron la identidad de la persona que puede, la que aguanta, la que tiene respuesta para todo. Admitir que uno necesita se siente como una confesión peligrosa. Lo que me llama la atención, y se lo hago notar a varios pacientes, es que esa incomodidad los lleva a atravesar crisis profundas en una soledad que nadie eligió para ellos.

“La salida no es dejar de ocuparse de los demás, sino habilitar que los demás también se ocupen de uno.”Mirta Goldstein, psicóloga clínica (M.N. 12.345)

La propuesta de los especialistas, y acá me parece donde la cosa se pone realmente interesante, no pasa por tirar la propia naturaleza por la ventana. No se trata de dejar de cuidar, de cerrar la puerta, de volverse un ermitaño. Se trata de dos movimientos muy concretos que llevan su tiempo y cuestan: comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine, y revisar con honestidad qué vínculos se sostienen solo por lo que uno aporta. Lo segundo duele, hay que decirlo. Pero reconocer el patrón temprano es lo que da aire para empezar a construir relaciones de ida y vuelta antes de que la red se reorganice sola, como suele pasar con la jubilación o con los cambios de etapa.

Señales para empezar a mirarse con más honestidad

  • Sentís que siempre llamás vos primero y casi nunca te llaman.
  • Aceptás pedidos imposibles de decir que no, aunque te dejen sin energía.
  • Cuando tenés un problema serio, dudás antes de contarlo porque no querés molestar.
  • Notás que muchas de tus relaciones giran alrededor de lo que sabés o resolvés.
  • Te cuesta identificar a alguien que realmente sepa cómo estás hoy, no cómo estabas hace diez años.

Vuelvo a mi paciente del principio mientras termino de escribir esto. Mientras preparábamos el cierre de la nota, me dijo algo que se me quedó dando vueltas: “Yo pensé que tener gente era lo mismo que tener vínculos. Ahora entiendo que no”. Es una frase chica, pero carga con el peso de años. Si algo aprendí cubriendo estos temas es que la pregunta no es cuántos nombres tenés en el teléfono, sino cuántos de esos nombres llamarían un martes a las diez de la noche para preguntar simplemente cómo estás. Esa respuesta, y trabajar para construirla antes de que la madurez llegue, puede cambiar de raíz cómo se transita esta última etapa de la vida.

CA
Camila AguilarSociedad y vida

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