Cien diez kilómetros sobre dos ruedas: la Ruta de los Siete Lagos se reinventa como destino ciclista en la Patagonia
El corredor entre Villa La Angostura y San Martín de los Andes, atravesado por los parques Lanín y Nahuel Huapi, suma modalidades autogestionadas y tours con asistencia completa para un público que ya no se limita a los deportes de aventura extremos.
Unos 110 kilómetros de ripio y asfalto separan a Villa La Angostura de San Martín de los Andes por el corazón de la Patagonia neuquina, atravesando los parques nacionales Lanín y Nahuel Huapi en lo que se conoce como la Ruta de los Siete Lagos. El itinerario enlaza los espejos de Lácar, Machónico, Falkner, Villarino, Escondido, Correntoso y Espejo, con bosques de coihues y lengas, cascadas y valles amplios como telón de fondo. Si durante décadas el trayecto fue patrimonio casi exclusivo de automovilistas y combis turísticas, en las últimas temporadas la bicicleta se ganó un lugar propio en la conversación de los viajeros, con dos modalidades bien diferenciadas que conviven en la oferta local.
¿Qué opciones concretas tiene hoy quien quiera pedalear la ruta?
- Viaje autónomo con alquiler de bici y trailer: se retira la bicicleta en San Martín de los Andes y se devuelve en Villa La Angostura. El equipamiento incluye casco, inflador, cámaras de repuesto, kit de parches, herramientas, candado y chaleco reflectivo. El recorrido se completa en tres días y dos noches, con campings señalados en un mapa que entrega la empresa.
- Tour organizado desde Bariloche: arranca con el Circuito Chico, Paso Córdoba, Laguna Rosales y los Arrayantes antes de tomar la Ruta de los Siete Lagos. Tiene una duración de cinco días, grupos de entre 30 y 40 personas, bicicletas eléctricas a disposición, guías, mecánicos y vehículo de apoyo. Es la modalidad preferida por viajeros mayores de 50 años.
- Paquetes de dos, tres y cuatro días con salida desde Villa La Angostura hacia San Martín de los Andes, operados por distintas agencias con logística previa y posterior incluida, pensados para quienes disponen de menos tiempo.
La diferencia entre una y otra modalidad no es menor: mientras el viaje autónomo obliga a cargar con el equipo, resolver pernoctes y asumir los imprevistos del camino, el tour organizado corre por cuenta de la operadora los traslados, la mecánica y la seguridad. Esa estructura es la que explica que el segmento de pasajeros mayores de 50 años haya encontrado en la bicicleta eléctrica una puerta de entrada a un recorrido que, de otro modo, les habría resultado inaccesible. La empresa de alquiler, en cambio, promociona su esquema como una experiencia de mayor libertad y contacto directo con el entorno, sin acoplarse a los ritmos de un grupo.
¿Qué pide el cuerpo para completar la travesía?
Los testimonios recogidos entre quienes ya completaron el recorrido son coincidentes en un punto: no hace falta ser ciclista de alto rendimiento, pero sí un piso de estado físico que muchos subestiman. El segundo día suele presentarse como el más exigente, por la acumulación de kilómetros y por los desniveles del terreno, una combinación que castiga especialmente a quienes llegan sin preparación específica.
Para los habitantes de zonas llanas, como Buenos Aires, los operadores sugieren entre cinco y seis meses de entrenamiento previo, con foco en fuerza de piernas, rodaje en calle (no exclusivamente en bicicleta fija) y práctica en el manejo de cambios y piñones. La alimentación también aparece como un capítulo propio: proteínas e hidratos de carbono antes y durante el recorrido son señalados como claves para sostener el esfuerzo de jornadas largas en terreno irregular.
¿Cuándo conviene subirse a la bici?
La ventana útil del recorrido va de noviembre a abril, el tramo del año en que el clima de la región permite pedalear con margen de seguridad. Dentro de ese rango, enero aparece como el mes a evitar: la alta demanda turística concentra reservas, los campings del camino se llenan y los precios de alojamiento y logística se disparan, lo que termina restando flexibilidad a una experiencia que depende de poder improvisar una noche extra o cambiar una parada sobre la marcha.
El fenómeno que se observa en la Ruta de los Siete Lagos excede al ciclismo y habla de un cambio más profundo en la manera de visitar la Patagonia: la búsqueda de experiencias activas, de ritmo lento, que coloquen al cuerpo y a la contemplación en el centro del viaje. Falta, todavía, que el Estado nacional y las provincias regulen de manera uniforme la actividad de los operadores, que se certifique la capacitación de los guías que acompañan a grupos de hasta 40 personas por caminos de montaña y que se garantice el mantenimiento del ripio en un trazado que soporta cada vez más presión. Mientras eso no ocurra, el visitante hará bien en informarse con detalle sobre la seriedad de quien le alquila la bici y sobre los seguros que respaldan cada salida.
