Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Entretenimiento /

Whalefall: cuando el estómago de una ballena se vuelve confesonario

El nuevo filme de Brian Duffield con Austin Abrams combina una historia de supervivencia extrema con el duelo de un padre ausente y un hijo que todavía tiene cuentas pendientes.

Por Iris EvansCultura y espectáculos · · hace 2 d
Whalefall: cuando el estómago de una ballena se vuelve confesonario

Como dice el Indio Solari en "Elba", a veces uno se siente devorado por sus propios fantasmas. Algo de esa imagen vuelve a la cabeza mientras se recorre Whalefall, la película de Brian Duffield que tiene larare valentía de empezar su relato dentro del estómago de una ballena gigante y quedarse ahí el tiempo suficiente para convertir ese sitio en algo parecido a un confesonario, una sala de terapia y, por qué no, en un ring de boxeo donde un hombre pelea a la vez contra el agua, el ácido, el oxígeno que se acaba y los recuerdos que no supo soltar a tiempo. La propuesta es de esas que uno mira de reojo antes de sentarse: un tipo atrapado en el interior de un cetáceo, sin más compañía que su propio cuerpo y la voz de un padre que ya no está. Quienes conozcan el debut del director en el género, marcado por una mezcla singular de terror y melancolía adolescente, encontrarán acá una operación de mayor escala, aunque con la misma obsesión por personajes que sangran por dentro mientras sangran por fuera.

Una premisa extrema que pide mucho más que fuerza bruta

Whalefall no se presenta como una película de catástrofes al uso. El envoltorio es el de la supervivencia pura: el protagonista se despierta en un lugar que ningún ser humano debería pisar, con el tiempo corriendo y con un diseño de producción que aprovecha cada grieta, cada pliegue, cada gota de esa ballena-arquitectura para transmitir una ansiedad sofocante. El equipo de arte merece una mención aparte, porque consigue que el espectador comparta la falta de aire y la humedad en la piel. Ahora bien, lo que vuelve interesante al filme de Duffield no es la trampa en sí, sino lo que el personaje hace con esos minutos robados. Austin Abrams, a quien el público argentino puede ubicar por su paso por la saga Resident Evil, sostiene la película casi en soledad. Le toca dividir suActing entre el esfuerzo físico de no ahogarse, de buscar una salida, de resistir convulsiones y bajones de presión, y el trabajo íntimo de escuchar y responder a la figura de un padre que sólo existe en su memoria y en esa conversación imposible.

  • La ambientación interna de la ballena funciona como un personaje más, con texturas y luces que cambian según el estado emocional del protagonista.
  • Los flashbacks sobre la relación padre-hijo están dosificados con cuidado, evitando convertir la película en un melodrama continuo.
  • El tramo final apuesta por efectos visuales de mayor escala, apoyados en buena medida en imagen generada por computadora.
  • La dinámica con el padre fallecido oscila entre la ternura y la dureza, sin caer en frases hechas ni en reconciliaciones fáciles.

Hay algo de Adastra en la atmósfera de Whalefall: esa sensación de estar varado en un lugar enorme y vacío, hablando en voz alta con alguien que ya no puede responder desde el mismo plano de la realidad. Quien conecte con esa frecuencia, esa onda larga de la película de ciencia ficción intimista, va a encontrar acá un drama genuino, con silencios que pesan y con escenas donde lo no dicho duele más que cualquier apretada de manos entre padre e hijo. Quien, en cambio, busque adrenalina sostenida o resoluciones espectaculares, puede sentirse a la deriva en una segunda mitad donde las secuencias de escape se reiteran dentro de un margen cada vez más acotado, como una respiración que ya no encuentra a dónde ir.

“Sobrevivir en la panza de una ballena parece una pesadilla sacada de un cuento bíblico, pero Duffield la convierte en un duelo privado, donde lo más asfixiante no es la falta de aire sino las frases que nunca dijimos.”Iris Evans

A mí, que confieso ser de los que se bancan una película emotiva sin pedir permiso, Whalefall me dejó con esa sensación que dejan los platos que uno no quiere dejar de comer: una mezcla de placer y de saturación. La apuesta visual y el punto de partida la separan del resto del género, y el trabajo de Abrams sostiene los momentos más delicados sin pedirle al espectador que le tenga lástima. Si todavía no la vieron, les recomiendo ir preparados para algo más parecido a un velorio que a un blockbuster: lleven pañuelos, vayan con el corazón abierto y, sobre todo, permítanse sentir la incomodidad de escuchar a un hijo hablándole a un padre que ya no puede contestarle. A veces, las películas más extremas son las que mejor hablan de la familia que nos tocó.

IE
Iris EvansCultura y espectáculos

Te puede interesar