Volver al gimnasio después de una pausa: por qué el cuerpo no empieza de cero aunque uno lo sienta así
Un equipo de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign describió qué pasa en músculos e hígado cuando se retoma el entrenamiento tras semanas o meses sin moverse. La explicación celular ayuda a entender por qué la vuelta nunca es tan dura como la primera vez, aunque los especialistas insisten en que moverse seguido sigue siendo clave.
A Marta lo operaron de menisco en marzo y pasó casi cinco meses sin poder pisar fuerte. Cuando el kinesiólogo la autorizó a volver a la caminata, ella se sentó en la cinta y tuvo la sensación exacta de arrancar de nuevo: las piernas le ardían a los diez minutos, la falta de aire apareció antes de lo esperado y la cabeza le repitió esa frase que repite cualquiera que haya entrenado alguna vez, «perdí todo lo que había ganado». Lo que Marta no sabía, mientras maldecía a sus gemelos, es que a nivel celular su historia era otra. En el músculo y en el hígado quedaban señales de los meses en los que sí se había movido, y eso iba a cambiar la manera en que su cuerpo respondía al volver.
Eso es lo que acaba de detallar un equipo de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign, en Estados Unidos. Los investigadores Diego Hernandez-Saavedra y Yi-Heng Huang estudiaron qué sucede en músculos e hígado antes, durante y después de una pausa larga en la actividad física. Lo hicieron con ratones que entrenaron entre cuatro y ocho semanas, luego dejaron de hacerlo y más tarde volvieron a la rueda. Cuando compararon lo que pasaba en esos animales con lo que ocurría en ratones que nunca habían hecho actividad, la diferencia fue concreta: los que ya tenían entrenamiento previo desarrollaron fibras musculares más grandes y aprovecharon mejor la energía disponible frente al esfuerzo. Esa ventaja incluso se sostuvo mientras estuvieron inactivos, como si el cuerpo hubiera tomado nota y la hubiera guardado en un cajón.
El hígado también recuerda
El hígado, además, parece sumarse a ese archivo. En un segundo trabajo, publicado en 2026 en la revista Molecular Metabolism, el mismo equipo detectó una mayor presencia de unas enzimas llamadas carboxilesterasas hepáticas tanto en ratones como en personas que habían retomado el entrenamiento después de una pausa. Esas enzimas cumplen una tarea bastante específica: se ocupan de descomponer las grasas que circulan en la sangre para que el músculo las pueda usar como combustible. O sea, ayudan a que hígado y músculo se entiendan mejor a la hora de producir energía. Esa mejor coordinación se notó sobre todo cuando los voluntarios y los animales volvieron a moverse, lo que para los autores es una pista de que el registro del entrenamiento anterior no se borra con la quietud.
Los investigadores aclaran que la idea de memoria celular no es nueva en biología: las neuronas guardan información a través de sus conexiones y el sistema inmunitario reconoce a los virus y bacterias que ya enfrentó. Lo que este trabajo viene a decir es que esa lógica también aplica a otros tejidos, entre ellos el muscular, el hepático, la piel y el tejido adiposo. Aun así, todavía quedan preguntas abiertas que la ciencia no sabe responder con precisión: cuánto duran exactamente esos registros en el cuerpo, cómo se almacenan a nivel molecular y por qué algunos se pierden antes que otros.
Lo que sí se pierde (y lo que no)
- Capacidad cardiovascular: tras varias semanas sin actividad, el corazón y los pulmones responden peor al esfuerzo, y la resistencia cae de manera notoria.
- Fuerza muscular: los músculos se achican y se debilitan, sobre todo si la pausa fue larga o hubo una lesión de por medio.
- Sensibilidad a la insulina: el cuerpo procesa peor el azúcar en sangre, lo que aumenta el riesgo metabólico si la inactividad se prolonga.
- Memoria del ejercicio: a nivel celular, músculos e hígado conservan señales del entrenamiento previo y responden mejor al volver que alguien que nunca entrenó.
Marta volvió a la caminata tres veces por semana, al principio con algo de bronca y mucho cuidado. Al mes, las piernas le respondían mejor, la falta de aire tardaba más en aparecer y su entrenadora le dijo algo que a ella le sonó raro: «no estás empezando de cero». No era una frase de aliento vacío. Era, casi sin saberlo, la descripción de algo que pasa adentro de las células, en un lenguaje que la mayoría de nosotros no vamos a hablar nunca, pero que el cuerpo conoce de memoria.
