Sombras de Copenhague: cuando la maternidad se cruza con un caso criminal real en La chica de la aguja
El filme de Magnus von Horn, rodado en blanco y negro, reconstruye un crimen ocurrido en la capital danesa tras la Primera Guerra Mundial y pone en el centro la pobreza y el vínculo entre dos mujeres, con Trine Dyrholm como pieza clave del elenco.
Una de las frases más recordadas de Charly García dice que todo lo que brilla en la oscuridad es porque hay alguien que lo prendió, y esa imagen sirve para entrar en la última película del director sueco-polaco Magnus von Horn, La chica de la aguja, un título que juega precisamente con esa incomodidad de no saber si lo que aparece como una salida para una mujer desesperada es, en realidad, una trampa disfrazada de ayuda: la historia, basada en un caso criminal real de Copenhague de principios del siglo XX, llega a las salas argentinas en un momento en el que el público parece dispuesto a volver sobre dramas densos, rodados en blanco y negro, que no le temen al silencio ni a incomodar.
La película se sitúa en una Copenhague golpeada por el hambre y las restricciones que dejó la Primera Guerra Mundial, una ciudad que todavía arrastraba cartillas de racionamiento, filas para conseguir pan y una marcada distancia entre quienes habían podido sostener cierto confort durante la guerra y quienes caían en la pobreza más extrema, y ese marco, reconstruido con una estética de blanco y negro de contrastes duros y texturas casi granuladas, no es decorativo sino estructural, porque condiciona cada decisión de los personajes desde el arranque, definiendo qué se puede elegir y qué no cuando el cuerpo pide respuestas inmediatas mientras el entorno solo ofrece incertidumbre.
Karoline y Dagmar: el encuentro que sostiene toda la película
En ese contexto aparece Karoline, una joven obrera embarazada, interpretada por Vic Carmen Sonne, que trabaja jornadas largas en una fábrica y vive al día, sin red familiar ni ahorros, y a quien el relato presenta atravesada por una pregunta muy concreta: qué hacer con la vida que crece adentro cuando no alcanza ni para la propia, una pregunta que en la Dinamarca de posguerra resonaba con crudeza, porque las posibilidades de maternidad sola para una trabajadora estaban atravesadas por estigma social, despido casi seguro y ausencia total de políticas de cuidado, algo que el guion se ocupa de mostrar con pequeñas escenas cotidianas, desde la mirada de un jefe hasta el cuchicheo de una compañera en el pasillo.
Es en ese punto donde irrumpe Dagmar, la Dueña de la Aguja, interpretada por Trine Dyrholm, una actriz que arrastra una de las trayectorias más respetadas del cine danés, con títulos como La fiesta de los en la pantalla grande como La cacería y El sospechoso, donde construyó un registro de mujer contenida, dueña de silencios cargados, y que aquí vuelve a ese registro con una Dagmar que se presenta como una suerte de intermediaria benéfica, alguien que dice conseguir familias dispuestas a recibir a los bebés de madres que no pueden criarlos, y cuya sola aparición en la trama abre una puerta que Karoline toma como una posible salida, porque la película tiene la inteligencia de no resolver de entrada qué hay detrás de esa oferta, sino que deja que la confianza entre ambas se construya a la vez que se va construyendo la sospecha.
Esa construcción gradual es uno de los grandes aciertos del filme, porque evita el golpe bajo fácil y, en cambio, prefiere ir dosificando información con un manejo del suspenso que en ningún momento abandona el tono de drama social, de modo que el espectador va descubriendo, casi al mismo tiempo que Karoline, los matices de un personaje que parece moverse por convicciones profundas, pero cuya verdadera naturaleza queda envuelta en una ambigüedad que la película no tiene apuro en develar del todo, algo que también se apoya en la utilización de la aguja como metáfora visual, esa herramienta que puede coser y remendar pero también atravesar, herir, dejar marca.
Para el que escribe estas líneas, el hallazgo mayor del filme está en cómo hace coincidir dos temas que suelen tratarse por separado, el crimen real y la maternidad en contexto de pobreza, evitando convertir a las madres en víctimas pasivas y, a la vez, sin romantizar a quien termina siendo responsable de los peores hechos, y esa decisión ética se nota en que la cámara se detiene en los rostros de las mujeres, en sus cuerpos cansados, en sus manos que trabajan, en sus ojos que miran hacia afuera buscando respuestas que el mundo no les da, y lo hace con una cercanía física que en blanco y negro se vuelve todavía más áspera, más humana, más difícil de olvidar.
Una recomendación para ver y dejar pensando
Si te interesa el cine europeo que trabaja sobre hechos reales, que vuelve sobre el siglo XX sin nostalgias y que se anima a poner la pobreza en el centro sin golpes bajos ni moralejas fáciles, La chica de la aguja es una parada obligatoria, porque además de ser un muy buen policial de época es un retrato implacable de un momento específico de la sociedad danesa que, leído desde la Argentina de hoy, habilita preguntas incómodas sobre qué redes existen hoy para las mujeres que crían solas, qué lugar ocupa la infancia en la conversación pública y cuánto margen queda cuando falla el apoyo, y créanme que vale la pena sentarse a verla con tiempo, sin celular, en una sala oscura, para dejarse llevar por una historia que avanza en silencio y deja, cuando se apagan las luces, una sensación muy difícil de sacudir.
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