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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Silvana y Jorge dejaron atrás la vida de oficina para volver a la chacra que los vio crecer

Se conocieron en la puerta de un colegio, descubrieron que los dos venían de familias chacareras y hoy sostienen a puro pulmón las tres hectáreas que ella heredó. Crían animales, siembran alfalfa y construyen, de a poco, lo que quieren dejarle a sus hijos.

Por Camila AguilarSociedad y vida · · hace 5 d
Silvana y Jorge dejaron atrás la vida de oficina para volver a la chacra que los vio crecer

Son las cinco de la tarde y Silvana Aiello todavía tiene el delantal puesto. Trabaja desde hace casi veinte años como secretaria en una escuela técnica de la zona de Centenario, en Neuquén, y recién ahora, cuando el timbre ya marcó el final de la jornada, empieza la otra parte de su día. Atraviesa el patio, guarda el auto en la calle 9 y entra a las tres hectáreas que su padre le dejó al morir. Ahí la esperan Jorge Stelrrig, su marido, y Lucas, su hijo de 17 años. Los tres, a pulmón.

Los conozco porque una tarde, mientras juntaba huevos en el gallinero, me contó cómo empezó todo. Hace diecinueve años, ella y Jorge se cruzaron en la puerta de un colegio, mientras esperaban a sus hijos. Bastaron unas pocas palabras para descubrir que los dos venían del mismo mundo: familias que habían trabajado la tierra entre Centenario y Vista Alegre, con acequias al costado de la casa y mesas largas donde siempre sobraba un plato.

Una decisión que empezó con bolsas de cemento

Durante años juntaron materiales con lo que les sobraba del sueldo: bolsas de cemento, hierros, ladrillos. Compraban cuando podían. Recién hace tres años se animaron a mudarse definitivamente al campo que Ricardo, el viejo de Silvana, les había dejado. La casa está justo en el filo entre los dos municipios, un detalle administrativo que no les quita el sueño pero que les marca el límite del alambrado.

Hoy, cuando entro al campo detrás de Silvana, lo que veo es esto: alfalfa sembrada en buena parte del terreno, gallinas que se cruzan por delante de los pies, conejos en jaulas hechas con madera recuperada, y una incubadora artesanal que Lucas armó con sus propias manos, en un rincón del galpón. A un costado, un tractor viejo espera su turno: a veces arranca, a veces no.

Donde alguna vez hubo manzanos y perales, la tierra fue haciendo lo suyo cuando nadie podía atenderla. Creció un monte de olivillo y se armó un humedal chico, casi sin querer. A Silvana no le molesta: lo mira como quien mira el rastro de los suyos y sigue caminando.

“Vamos con los animales, juntamos el dinero para comprar alimento, gallinas ponedoras, pollos, y vamos buscándole la vuelta.”Silvana Aiello

La diferencia con la generación de sus padres

Lo que más le cuesta explicar a quien le pregunta de qué viven es que la lógica está dada vuelta. Antes, la chacra sostenía a la familia. Ahora son los sueldos de ella como secretaria y de Jorge en el área de educación de la zona los que mantienen la alfalfa, los pollitos parrilleros y la mano de obra que hace falta para que el campo no se caiga.

“Antes no cumplían horario. Ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atendemos los animales. Es otro tipo de estrés.”Silvana Aiello

Lo que ya funciona y lo que viene

El proyecto que miran de acá a diez años

Jorge me muestra una idea que lleva anotada en la cabeza desde hace rato: plantar frutales y viñas para producir y vender en la chacra, sin tener que pasar por una verdulería del centro. Es el paso siguiente, el que les permitiría empezar a sacar algo del campo y no solo meter.

Lucas, mientras tanto, ya eligió. Estudia para técnico mecánico pero el año pasado crió seiscientos pollos parrilleros, les sumó gallinas y conejos, y armó la incubadora de manera artesanal, sin instructivo de YouTube ni curso. Cuando termine la secundaria quiere estudiar veterinaria. Quiere quedarse ahí, en la calle 9, en las tres hectáreas donde su bisabuelo llegó desde Italia con doce años, alrededor de 1920, y donde su abuelo empezó lo que hoy ellos siguen sosteniendo con el cuerpo y el aguante.

Cuando me voy del campo ya cae el sol sobre los álamos. Silvana cierra el gallinero, Jorge guarda las herramientas y Lucas se queda un rato más con la incubadora. Mañana temprano los tres vuelven a sus trabajos, pero la chacra ya está en marcha. La diferencia con la generación de sus padres es esa: antes la tierra alimentaba a la casa; ahora son ellos, con sus sueldos y sus horas, los que alimentan a la tierra. Y lo eligen, todas las tardes, igual.

CA
Camila AguilarSociedad y vida

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