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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Se fue el Negro González Oro: una voz que se apagó en Punta del Este pero que sigue sonando en la memoria de los argentinos

El periodista y conductor falleció a los 74 años en la ciudad uruguaya donde vivía desde 2020, tras 35 años de carrera y una despedida radial que conmovió a miles de oyentes.

Por Iris EvansCultura y espectáculos · · hace 20 d
Se fue el Negro González Oro: una voz que se apagó en Punta del Este pero que sigue sonando en la memoria de los argentinos

Hay una frase de Atahualpa Yupanqui que uno puede aplicarse cuando piensa en los que se van de esta manera, sin estridencias, dejando una estela larga de cariño y de costumbre: «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar». Algo de eso tuvo la vida profesional de Oscar «el Negro» González Oro, que murió este viernes 25 de septiembre en Punta del Este, a los 74 años, y a quien yo me atrevo a despedir desde esta página con la misma cercanía con la que él se despedía cada mañana de sus oyentes, porque en eso fue un maestro: en hacer sentir que la radio era un living compartido, una mesa larga donde siempre había lugar para uno más.

Quiero detenerme en lo humano antes de pasar a los datos, porque me parece que es la única manera justa de contar a alguien que hizo del contacto cotidiano con la gente su razón de estar en el aire. González Oro se había radicado en Uruguay en 2020, en plena pandemia, después de décadas de actividad permanente en la radio argentina. No fue una decisión caprichosa ni un repliegue egoísta: el propio conductor lo explicó en más de una oportunidad. Mencionó el desgaste que le producía escuchar a diario los problemas de sus oyentes, la cuarentena prolongada, la muerte de varios amigos cercanos y, sobre todo, el deseo de dedicarle más tiempo a sus hijos. Esa mudanza, que incluyó dejar su casa de San Isidro y tramitar la residencia uruguaya, fue leída por algunos como un abandono y, por otros, como una necesidad vital. Yo me inclino por la segunda lectura, y me animo a decir que cualquiera que haya sido padre y trabajador incansable puede entender esa pulseada entre la vocación y los afectos.

Una trayectoria de 35 años con sello propio

El programa que mejor lo define fue El oro y el moro, que condujo durante 15 años y que se consolidó como líder de la audiencia en la franja matutina de la radio AM durante una década completa. No es un dato menor: sostener el primer puesto durante diez años en la mañana radial argentina es una marca que muy pocos pueden exhibir, y que habla tanto del olfato del conductor como de la fidelidad de un público que lo elegía día tras día, como quien elige el café de la mañana o el mate compartido. La radio de aquellos años, la de la AM con transistor en la cocina o en el taller, tenía en González Oro a uno de sus últimos grandes animadores populares, un heredero directo de aquella estirpe de locutores que sabían que el micrófono era, ante todo, una herramienta de compañía.

Su despedida formal de la conducción diaria llegó el 2 de abril de 2021, al completar 35 años de carrera. Aquella última emisión, emitida desde Uruguay, fue una jornada de recuerdos y de mensajes que: familiares, compañeros de trabajo y público se hicieron presentes en el aire y en las redes, y él cerró con unas palabras que a mí, particularmente, se me quedaron grabadas porque condensan toda su filosofía de vida y de oficio: «Me han hecho muy feliz». Tres palabras que un hombre que dedicó más de tres décadas a hablarle a la gente no las dice por compromiso ni por fórmula: las dice porque las siente, y porque sabe que del otro lado hay miles de oyentes que también fueron felices escuchándolo.

  • 2020: se radica en Punta del Este y deja su casa de San Isidro, tras décadas de trabajo ininterrumpido en la radio argentina.
  • 2 de abril de 2021: última emisión al frente de la conducción diaria, al cumplir 35 años de carrera, con un emotivo cierre desde Uruguay.
  • 2021 en adelante: realiza entrevistas desde su casa y mantiene participaciones ocasionales en radio y televisión, además de una activa presencia en redes sociales.
  • Enero de 2026: la periodista Denise Pessana recuerda una cena reciente y lo describe como una persona culta, cálida en sus anécdotas, aunque visiblemente frágil en sus últimos meses.

Quiero detenerme en un detalle que me parece revelador de su carácter y que me dejó pensando cuando leí el material: la periodista Denise Pessana contó que habían compartido una cena apenas un mes antes de su fallecimiento, y que lo había visto frágil. Esa imagen del González Oro frágil, que aún así conservaba la cultura y las anécdotas como patrimonio propio, es la de un hombre que no se dejó derrotar por el peso de los años ni por el cambio de vida, pero que tampoco pudo esquivar el deterioro natural de quien ya había cruzado los setenta. Hay algo muy humano en esa fragilidad que Pessana describe, y es justo esa humanidad la que a mí, como oyente de toda la vida, más me conmueve: saber que detrás del locutorazo que se plantaba frente al micrófono con autoridad y con humor, había un padre, un amigo, un vecino de Punta del Este que cenaba con los suyos y que se iba apagando en silencio, lejos del ruido mediático que supo dominar como pocos.

Un estilo que trascendió la pantalla y la frecuencia

Lo que a mí siempre me pareció admirable de González Oro es que nunca necesitó gritar para ser escuchado, ni recurrir al escándalo para sostenerse en el aire. Tenía un registro de voz cálido, una cadencia pausada que invitaba a quedarse, y una capacidad de entrevista que lo llevó a cruzar la frontera de la radio para hacer televisión sin perder su esencia. Recuerdo haberlo visto en ciclos de entrevistas donde se mostraba tal cual era: curioso, respetuoso del otro, dueño de un archivo cultural vasto que iba desde el tango hasta la política, desde la cocina criolla hasta la literatura rioplatense. Esa amplitud de intereses, sumada a la cercanía con el público que cultivó durante décadas, lo convirtió en un referente difícil de reemplazar y, sobre todo, en una de esas voces que forman parte del paisaje sonoro de toda una generación de argentinos que crecieron despertándose con su programa.

Me parece importante destacar, para cerrar esta semblanza, que su partida no fue la de un hombre retirado ni la de un olvidado. Hasta último momento mantuvo el contacto con su audiencia a través de las redes sociales, donde compartía recuerdos, reflexiones y retazos de su vida cotidiana en la costa uruguaya. Esa decisión de seguir conectado, de no cortar el hilo invisible que lo unía a sus oyentes, habla de un compromiso genuino con el oficio y con la gente que lo hizo quien fue. Como lectora y como cronista, lo despido con gratitud y con la íntima convicción de que su voz seguirá sonando en la memoria colectiva cada vez que alguien, en una cocina o en un auto, sintonice una AM y busque, sin saberlo, esa compañía matutina que él supo ofrecer durante treinta y cinco años seguidos. Si te toca pasar por Punta del Este en estos días, acordate del Negro: una buena manera de honrarlo es detenerse un instante frente al mar y pensar que, del otro lado, hay alguien que siempre nos hizo sentir menos solos.

IE
Iris EvansCultura y espectáculos

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