Lo que nos dejaron nuestros padres y reaparece cuando criamos: las huellas que cuesta soltar
El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey explica por qué la infancia propia se mete en la crianza, qué marcas son las más resistentes y cómo reconocer cuándo la propia historia está hablando en lugar del hijo que tenemos enfrente.
Acomodé a mi hija en la cama, le até el pelo para que no se le pegara a la cara y, cuando me agaché a darle el beso de las buenas noches, escuché mi propia voz diciéndole que dejara de hacer berrinches porque ella no tenía nada que llorar. La frase me salió sola, sin pensarla, y me pegó en el pecho: era exactamente la misma que me decía mi madre a mí, con las mismas palabras, con el mismo tono firme, casi cortante. Me quedé mirando a mi nena, que tiene cinco años y los ojos húmedos, y entendí que algo de lo mío se estaba repitiendo otra vez, ahí, en mi propia casa, en una escena de lo más cotidiana. Esa noche empecé a preguntarme de dónde vienen las cosas que repetimos con nuestros hijos aunque juremos que no queremos repetirlas.
De eso se trata, en buena medida, lo que cuenta el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey: nadie empieza a criar desde cero. Las experiencias de la infancia dejan marcas que reaparecen cuando uno se convierte en madre o en padre, a veces como repetición del patrón conocido y otras como reacción opuesta, pero siempre como huella de aquello que se vivió antes de tener hijos.
“Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Lo que se hereda sin querer
Esa historia, explica McCoubrey, aparece en la forma de hablar, en cómo se ponen los límites, en cómo se reacciona ante un conflicto y hasta en las ideas que circulan en la casa sobre el éxito, el dinero y el afecto. Muchas de esas marcas están tan incorporadas que uno ni siquiera las cuestiona durante años, porque parecen lo normal, lo de siempre, lo que se hace sin más.
Las marcas más difíciles de soltar
- Pérdidas silenciadas: duelos que en la familia no se nombraron nunca y que pesan igual.
- Violencias naturalizadas: gritos, castigos o humillaciones que se vivieron como algo normal.
- Vergüenzas heredadas: sensaciones de culpa o de no ser suficiente que se transmiten sin palabras.
- Mandatos que pasan de generación en generación: lo que se esperaba de uno y que, sin darse cuenta, se empieza a esperar de los hijos.
Repetir no es el problema, repetir el sufrimiento sí
Para el especialista, el problema no está en repetir sino en repetir aquello que hizo sufrir sin poder reconocerlo. Lo que hay que interrumpir, señala, es lo que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida. Y advierte algo que a muchos padres y madres les resulta incómodo: querer hacer todo lo contrario a lo que se vivió tampoco garantiza un resultado distinto. McCoubrey lo resume así: criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva. En vez de responder a las necesidades reales del hijo, se termina respondiendo a una pelea pendiente con los propios padres. Quien creció con una crianza muy rígida puede terminar creyendo que cualquier frustración es traumática y caer en el otro extremo.
“Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Pero, entonces, ¿dónde está la clave? No en un punto medio matemático, dice McCoubrey, sino en mirar al hijo concreto que se tiene delante. Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla, y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver. El especialista propone una pista concreta para empezar a revisar la propia historia: prestar atención a las reacciones desmedidas en situaciones cotidianas, esa bronca que desborda, esa preocupación extrema, esa necesidad de tener todo bajo control. Esas reacciones suelen ser la señal de que la historia propia se está metiendo en la crianza.
“Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Pedir una pausa y volver
Cambiar esos patrones no implica no volver a equivocarse nunca. A veces el primer cambio no es no gritar nunca, dice McCoubrey, sino poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir lo que yo todavía estoy aprendiendo a decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto. Esa noche, después de aquella frase que me salió heredada, me senté un rato en la puerta de la pieza de mi hija y entendí que criarla bien no va a ser no repetir nada de lo mío, sino animarme a revisar cada gesto, cada palabra, cada tono, y hacerme cargo cuando algo se me escapa. Es un trabajo lento, incómodo, a veces doloroso, pero es el único que permite que la historia propia deje de decidir por los hijos.
Fuente: entrevista a Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma, en el portal del material de base.
