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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La pantalla que no se apaga: por qué el celular nos roba atención aunque lo dejemos sobre la mesa

El neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin describen en su libro (Des)Conectados los mecanismos que mantienen la mente pendiente del teléfono, el peso del FOMO en los adolescentes y el costo cognitivo que pagamos en la vida cotidiana.

Por Camila AguilarSociedad y vida · · hace 24 d
La pantalla que no se apaga: por qué el celular nos roba atención aunque lo dejemos sobre la mesa

Lo vi esta mañana, mientras esperaba el colectivo en la esquina de siempre. Una señora de unos cincuenta años sacó el teléfono del bolso, miró la pantalla, no encontró nada y lo volvió a guardar. A los cuarenta segundos, lo sacó de nuevo. Y otra vez. A la cuarta, se quedó con él en la mano, como si se hubiera rendido a la idea de que esa espera era ya parte de su mañana. Cuando me tocó subir, seguía ahí, con la mirada clavada en un rectángulo negro que no le decía nada. Esa imagen es, exactamente, de lo que hablan Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin cuando explican por qué el celular se queda con nuestra atención incluso cuando no lo estamos usando.

La ilusión de la vibración y el gasto de energía mental

Ballarini, neurocientífico del CONICET, y Bonnin, lingüista de la misma institución, sostienen que el cerebro aprende a asociar el dispositivo con pequeñas recompensas: un mensaje, un like, una respuesta. Por eso, cuando sentimos que el teléfono vibró en el bolsillo y al sacarlo no hay nada, no es una falla nuestra: es la expectativa la que fabricó la señal. El roce de la ropa, un ruido cercano, cualquier estímulo ambiguo puede terminar siendo leído como una alerta que nunca llegó.

Los autores lo resumen con una idea potente: estar pendientes de las novedades digitales reduce los recursos disponibles para concentrarse en lo que pasa enfrente. Lo investigaron y lo escribieron en su libro (Des)Conectados: a mayor miedo a quedarse afuera, menor rendimiento de la memoria y de la atención en las tareas del día.

FOMO: cuando perderse un chat duele como quedar afuera

Los especialistas ponen nombre a algo que muchos intuyen: el FOMO, o miedo a perderse algo. Para los adolescentes, explican, perder el acceso a las conversaciones digitales puede sentirse como una exclusión del grupo. No se trata solo de actividades: también están los intercambios en los que no pueden participar. Esa inquietud, dicen, no es capricho: ocupa lugar en la cabeza y deja menos energía para el resto.

  • El FOMO se siente tanto por lo que pasa como por las conversaciones en las que no se puede entrar.
  • Estar pendiente del teléfono reduce los recursos para concentrarse en lo que ocurre alrededor.
  • Un mayor miedo a quedar afuera se asocia con un menor rendimiento de memoria y atención.
  • Dejar el dispositivo puede vivirse como guardar una herramienta o como alejarse, por un rato, de un espacio de encuentro.
  • Reconocer la dependencia es el primer paso: alcanza con advertir la preocupación por perderse algo o la expectativa constante de que llegue un mensaje.

Vuelvo a la señora del colectivo, porque su escena me sirve para cerrar lo que estos investigadores proponen. Ella no estaba mirando el teléfono por aburrimiento ni por vagancia: estaba responding a una expectativa que el propio aparato le instaló. Ballarini y Bonnin no piden dejar de usar el celular, ni demonizar la pantalla. Piden algo más simple y más difícil: advertir cuándo la espera de un mensaje nos está robando la mañana, el viaje, la charla con el que tenemos enfrente. Reconocer esa dependencia, dicen, es el punto de partida para recuperar la atención y, con ella, el valor del conocimiento y de la memoria que las pantallas no pueden reemplazar.

CA
Camila AguilarSociedad y vida

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