La paciencia como forma de vértigo: por qué "Érase una vez en Anatolia" todavía incomoda
Nuri Bilge Ceylan convirtió una pesquisa policial casi burocrática en una de las películas más perturbadoras del cine contemporáneo. Un recorrido de dos horas y media por las estepas turcas donde lo que se busca no es solo un cuerpo, sino el fondo de la condición humana.
Hay una frase que el director Nuri Bilge Ceylan repitió en alguna entrevista y que condensa el espíritu de "Érase una vez en Anatolia": la idea de que una película puede ser un thriller aunque no haya un solo sobresalto. Tomada en su sentido más literal, esa declaración funciona como una declaración de principios de un cine que entiende la intriga no como aceleración del pulso sino como una forma lenta, casi mineral, de desgaste. La película estrenada en 2011 y disponible en la plataforma Filmin es tal vez la expresión más radical de esa filosofía, y quince años después sigue resultando una experiencia incómoda para quien se sienta a verla esperando las reglas del suspenso convencional.
Una premisa deliberadamente modesta
La sinopsis es casi minimalista: un fiscal, un médico forense y varios policías salen al caer la noche con el asesino y su cómplice a recorrer las estepas de Anatolia en busca del cuerpo que ambos enterraron borrachos y que ya no saben ubicar. Esa consigna, deliberadamente modesta, es apenas el punto de apoyo para algo mucho más ambicioso. Ceylan no apela al plot twist ni al detalle macabro: usa la pesquisa como excusa para poner a una pequeña comitiva de figuras representativas del Estado turco frente a la intemperie, a la oscuridad y a sus propias contradicciones.
El recorrido dura casi toda la noche. Es una película de dos horas y media donde la mayor parte del metraje se gasta en una camioneta, en descensos breves a inspeccionar pozos o manchones sospechosos, y en esperas. Lo que llena el trayecto son conversaciones que parecen intrascendentes: historias de la esposa del médico, recuerdos del conductor, reflexiones filosóficas del fiscal, silencios del sospechoso principal. Pero ese tono bajo es engañoso: cada frase acumulada va dejando un sedimento, y a la madrugada el espectador entiende que estaba mirando una radiografía de la sociedad turca y, por extensión, de cualquier burocracia acostumbrada a convivir con la muerte.
La observación como ética
Quien conozca la filmografía previa de Ceylan - "Los climas de mi padre", "Éramos unos niños", "Los tres monos" - sabe que el director viene construyendo un cine de ritmo pausado y observación rigurosa de lo cotidiano, marcado por la fotografía paciente de Gökhan Tiryaki. "Érase una vez en Anatolia" lleva esa marca hasta el extremo. Aquí la duración no se justifica por una trama compleja sino por una mirada que prefiere detenerse en los detalles que otros filmes cortan: una pausa antes de hablar, una luz que aparece a lo lejos en la estepa, el cansancio acumulado en el rostro de un policía, una frase que se queda a medio terminar.
El resultado incomodó a buena parte del público festivalero cuando compitió en Cannes en 2011 y terminó alzándose con el Gran Premio del Jurado, un reconocimiento que en la práctica equivale al segundo puesto del palmarés y que dejó a la película como una de las piezas centrales del cine turco contemporáneo. Casi una década y media más tarde, sigue despertando reacciones divididas: están quienes la encuentran una obra maestra de la modulación y quienes la perciben como un ejercicio de paciencia sin recompensa. Las dos lecturas son defendibles, y justamente por eso sigue siendo una película necesaria.
“Si me obligan a recomendar, lo hago con una advertencia: no es la película para una noche en la que se busca distracción. Es, en cambio, la película para una noche en la que se está dispuesto a dejarse llevar por un ritmo que parece inmóvil y termina resultando más vertiginoso que cualquier persecución. Yo la vi dos veces seguidas la primera vez que la descubrí, y la segunda me llevó a entender cosas que en la primera me habían pasado por encima. Vale la pena concedérsela con esa misma generosidad.”
