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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La oveja negra que se volvió nube: Laura Ferro cuelga en Buenos Aires la historia de una lana que la Patagonia descartaba

La fotógrafa patagónica presenta "Lana negra" en Fundación Larivière: diez años de trabajo, el álbum familiar, una nube de fibra cruda colgada del techo y el duelo por su padre como motor de una investigación sobre lo que la industria merino dejaba afuera del rebaño.

Por Camila AguilarSociedad y vida · · hace 42 d
La oveja negra que se volvió nube: Laura Ferro cuelga en Buenos Aires la historia de una lana que la Patagonia descartaba

Llego a la calle Caboto, en el barrio de La Boca, con la idea de ver una muestra de fotografía y me encuentro con algo que se parece más a una confesión. En el centro de la sala de Fundación Larivière cuelga una nube oscura, densa, casi sólida, hecha de lana sin ningún tratamiento. A su alrededor, las fotografías de Laura Ferro respiran esa misma materia: ovejas negras fotografiadas una por una, estepa vacía, residuos del lavado industrial y, sobre todo, la figura de su padre, repartida en botas, en manos y en mechones de pelo canoso que se confunden con el vellón. Entro, me detengo, y recién ahí empiezo a entender que esto no va de fibras: va de herencias.

Antes de contar de qué se trata la exposición, vale una explicación que la propia Ferro repite cada vez que puede y que, según me dicen en la sala, también está en el texto curatorial: en la industria lanera patagónica, la lana merino vale por su blancura. Cuando aparece una oveja negra en el rebaño, se la separa de inmediato, porque una sola fibra oscura arruina un lote blanco y le hace perder cotización en el circuito comercial. Esa oveja y su lana quedan afuera del sistema: no entran en los fardos, no tienen mercado, no tienen precio.

Una tradición familiar de tres generaciones

Ferro viene de una familia con al menos tres generaciones dedicadas a la cría de ovinos en la Patagonia. Su padre, como tantos productores de la zona, juntaba esa lana negra que la industria no le compraba y se la encargaba a tejedoras artesanales del pueblo, que con ella armaban sweaters para el trabajo en el campo: prendas rústicas, oscuras, pensadas para durar. Cuando él murió, Laura Ferro se topó con uno de esos pullovers guardados. Ese hallazgo, cuenta, fue el arranque de una investigación que lleva años y que ahora se corporiza en "Lana negra".

  • La exposición reúne imágenes de los últimos diez años más fotos del álbum familiar, algunas tan integradas al conjunto que el visitante necesita mirarlas con cuidado para saber si son antiguas o actuales trabajadas en blanco y negro.
  • Entre las piezas más llamativas hay una fotografía de 1924 donde aparece una oveja karakul, pequeña y de perfil, totalmente mezclada entre las blancas del rebaño.
  • La obra incluye retratos de las ovejas descartadas, paisajes de la estepa patagónica sin animales y la imagen de los residuos que quedan después del lavado industrial de la lana merino.
  • La figura del padre aparece fragmentada en varias tomas: sus botas junto a las patas de una oveja, su pelo canoso confundiéndose con el vellón, sus manos abriendo la lana sin esquilar.
“Son las manos de mi padre abriéndolo, como abre un mundo también.”Laura Ferro

La nube del centro de la sala

Esa nube negra que cuelga en el medio del espacio no es un capricho estético. Ferro contó que la pieza nació del duelo: después del fallecimiento de su padre, se acercó a unas muestras de lana que él guardaba en la mesita de luz, las olió y sintió que ahí había algo que tenía que explorar desde otro lugar. La materia cruda, sin lavar, sin teñir, sin clasificar, se volvió entonces una manera de seguir cerca de él. Por eso la nube pesa, por eso no es decorativa: es el recuerdo materializado de un oficio.

Antes de irme me quedo un rato frente a la foto de las manos. Pienso en lo que me dijo una guía mientras recorría la sala: que la llamada lana negra no es un solo tono, sino una escala que va del marrón más profundo al gris más tibio, pasando por cobrizos y cenizas. Mientras lo escuchaba, miro el vellón colgado del techo y coincido: hay, efectivamente, todo un adentro de esa nube, aunque la palabra me la guardo para mí, porque acá, en esta nota, la promesa es contarlo todo en castellano del Río de la Plata. La muestra se puede visitar en Fundación Larivière, Caboto 564, y lo que ofrece no es solo un trabajo fotográfico de primer nivel, sino una forma de mirar lo que la industria descarta y de preguntarnos, como se pregunta Ferro con cada imagen, qué hacemos con eso que el mercado no sabe dónde poner.

Me retiro de Caboto con la sensación de haber visto, en una misma sala, una historia personal y una historia económica, y de que las dos están hechas de la misma fibra cruda. Una fibra que, según aprendí hoy, nunca fue un desecho: fue, en todo caso, un mundo entero esperando ser abierto.

CA
Camila AguilarSociedad y vida

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