La gota que encendió el mechero: cómo Wes Craven hizo llorar a Drew Barrymore en la escena más brutal de Scream
Treinta años después del estreno, la secuencia que abre la película sigue siendo objeto de estudio: hubo un truco con la actuación, una decisión de marketing que cambió el género y un recuerdo perturbador que la actriz no lograba sacarse de la cabeza.
Como suele decirse en los pasillos de Hollywood, el primer minuto en una película de terror define si el público se queda o cambia de canal. Y si hay una apertura que sigue dando vueltas en la cabeza de varias generaciones de espectadores, esa es la de Scream, la película que Wes Craven estrenó en 1996 y que, casi sin que lo notemos, nos volvió a enseñar a tenerle miedo al teléfono. Pero detrás del silencio del contestador automático y de la voz rasposa del Fantasma hay un detalle que muy pocos conocen: las lágrimas de Drew Barrymore en esa secuencia no fueron actuadas, y el método que usó el director para conseguirlas forma parte, a esta altura, de la pequeña gran historia del cine de género.
Una noche antes de rodar, una noticia que la dejó helada
texto
La historia es simple y, al mismo tiempo, inquietante. La noche anterior al rodaje de la escena inaugural, Barrymore se topó con una crónica que relataba el caso de un hombre que había quemado vivo a su perro. La imagen, el hecho en sí, la crudeza del detalle, se le instaló en la cabeza y no la soltó. Al día siguiente, cuando lo comentó con Craven, el director entendió al instante que tenía entre manos algo que ningún ejercicio de actuación puede fabricar: una emoción verdadera, todavía viva, lista para ser usada.
Lo que hizo después fue de una precisión casi quirúrgica. Durante la filmación, mientras la cámara registraba el largo plano sobre el rostro de Casey, Craven se le acercó al oído y, en voz muy baja, le susurraba la frase "estoy encendiendo el mechero". No era una indicación técnica ni una marca de entrada: era un detonador. La idea era obligarla a volver a esa imagen del animal, traerla de vuelta al estado de alteración en el que la había dejado la lectura de la noticia, y dejar que la reacción fluyera sola.
“Se oía a Drew gritar y aullar, y yo pensaba: ¿pero qué está pasando ahí dentro? Y era Wes, que la estaba animando.”Julie Plec, asistente de dirección en el rodaje
“texto”
Quien lo cuenta es Julie Plec, que en aquel entonces se desempeñaba como asistente personal de Craven y estaba al lado del director durante la filmación. Desde fuera del set, dice, lo único que se escuchaba eran los gritos de Barrymore, y la sorpresa era genuina: nadie que estuviera del otro lado de la pared hubiera dicho que aquello estaba coreografiado.
Morir primero para cambiar las reglas del juego
texto
- Barrymore fue elegida como cara de toda la campaña promocional de Scream, lo que instaló en el público la certeza de que ella sería la protagonista absoluta de la historia.
- La decisión de matarla a los pocos minutos de comenzado el filme rompió esa expectativa y convirtió a personajes secundarios en posibles víctimas, sembrando una desconfianza nueva en el género.
- La estrategia no era nueva en el cine: ya Alfred Hitchcock la había usado en 1960 con Janet Leigh en Psicosis, célebre por haber eliminado a su actriz principal en el primer acto.
La lágrima, sin embargo, fue apenas una de las dos claves de esa apertura. La otra fue una jugada de marketing que hoy puede parecer evidente pero que en aquel momento fue una pequeña revolución: poner a Barrymore en el centro de los afiches, los trailers y la prensa, para que el público entrara al cine convencido de que ella era la protagonista. Y entonces, unos doce minutos después, matarla.
Richard Potter, por entonces director de desarrollo de Dimension Films, lo resumió años después con una frase que cualquier guionista de Hollywood podría firmar: "Vas a ver el tráiler y los anuncios, y vas a estar seguro de que ella es la protagonista. Es imposible que muera. Cuando muera al final de esa secuencia, pensarás: cualquiera podría morir". Ese cambio de regla fue, en buena medida, el ADN moderno del slasher: si nadie está a salvo, todo puede pasar.
Hoy, cuando se cumplen tres décadas del estreno, la secuencia sigue analizándose en escuelas de cine y en manuales de guión como una clase condensada de cómo construir tensión y sorpresa al mismo tiempo. Hay decisiones de escritura, hay decisiones de dirección, hay una campaña de prensa pensada para engañar al espectador y hay, sobre todo, una actriz a la que se le susurró algo al oído para que el miedo que veíamos en la pantalla fuera verdadero. Si volvés a verla, vale la pena prestar atención al brillo húmedo de sus ojos: no es un recurso, es una herida que Craven decidió no cerrar.
