La geografía del silencio: cómo dos pueblos deshabitados de Burgos se convirtieron en set de la Guerra Civil
Los directores Javier Calvo y Javier Ambrossi eligieron Castil de Carrias y Loranquillo, aldeas vacías desde hace décadas, para rodar las escenas históricas de "La bola negra" sin levantar un solo decorado.
"Todo lo que se queda sin dueño termina siendo de nadie, y lo que es de nadie termina siendo de todos", escribió alguna vez un poeta que bien podría haber caminado por estas ruinas. A unos diez kilómetros de Belorado, en el corazón de la provincia de Burgos, el tiempo parece haberse detenido en Castil de Carrias, una aldea que llegó a tener más de 240 habitantes a mediados del siglo XIX y que hoy sobrevive únicamente en la memoria de quienes alguna vez la llamaron hogar. Allí, entre paredes que se derrumban lentamente y objetos que quedaron tal cual sus dueños los dejaron hace décadas, comenzó el 25 de agosto de 2025 el rodaje de "La bola negra", la película que tiene a los directores Javier Calvo y Javier Ambrossi como responsables de dar forma a una historia atravesada por la memoria, la violencia y lo que el tiempo se empecina en borrar.
La lógica de rodar en lo que ya estaba roto
Les confieso que pocas veces una decisión de producción cinematográfica resulta tan elocuente como la que tomó el equipo de "La bola negra" al descartar decorados de estudio y salir a buscar pueblos verdaderos. La responsable de esa búsqueda, Clara Salvador, recorrió durante semanas la provincia de Burgos con una premisa muy concreta: localizar edificaciones parcialmente derruidas que permitieran recrear la atmósfera de la Guerra Civil española sin necesidad de construir ni un solo paredón falso, y sin tener que destruir nada una vez finalizado el rodaje. La respuesta la encontró en dos aldeas deshabitadas que el éxodo rural fue vaciando a lo largo del siglo XX y que el abandono terminó por convertir en escenarios naturales de una devastación que ningún diseñador de arte podría igualar en un plató.
Porque lo que los directores buscaban no era únicamente la imagen impactante de los muros caídos, sino algo más sutil y a la vez más desgarrador: la sensación palpable de una vida que fue interrumpida sin que nadie se tomara el trabajo de recoger lo que quedó atrás. En Castil de Carrias todavía se ven, tal como las dejaron sus últimos moradores, botellas alineadas en los estantes de la vieja taberna, utensilios domésticos dispersos por el suelo, vehículos convertidos en óxido puro y hasta una escuela que conserva el eco de las voces que nunca más volvieron a escucharse. La iglesia de Santa María, con sus muestras de deterioro y de expolio, completa un cuadro que funciona como una cápsula del tiempo abierta al público por unas pocas semanas, durante el rodaje, con acceso vedado para los vecinos y visitantes que suelen recorrer la zona.
- Castil de Carrias: núcleo rural con historia documentada desde el siglo XII, situado a unos diez kilómetros de Belorado. En 1950 vivían allí 178 personas; en 1970, apenas 59. Su último vecino, Florentino González Sáez, murió en 1994.
- Loranquillo: aldea despoblada integrada al municipio de Belorado durante los años setenta. Sus últimos habitantes se fueron en el lejano pasado, dejando un pueblo que también forma parte del recorrido elegido.
- Ruta de senderismo de 22 kilómetros: el itinerario une Castil de Carrias, Loranquillo y Quintanilla en un circuito que invita a conocer de cerca el fenómeno de la España vaciada desde sus propias huellas materiales.
La última aldea como escenario
Quiero detenerme en un detalle que me parece especialmente significativo para entender el peso emocional de esta elección. Cuando un equipo de cine decide rodar en un lugar como Castil de Carrias, no está simplemente aprovechando una locación conveniente: está poniéndole cámara a un drama que ya escribió la historia. Este pueblo burgalés, como tantos otros del interior de España, no se vació de golpe ni por una sola causa, sino por la combinación lenta y silenciosa de factores que fueron empujando a sus habitantes hacia las ciudades en busca de oportunidades laborales, de servicios básicos, de una vida que el campo dejó de poder ofrecerles. Florentino González Sáez, su último vecino, murió en 1994 sin que nadie ocupara su lugar, y desde entonces el lugar quedó a merced, de la intemperie, de los expoliadores y de los años.
“Lo que se busca es la sensación de una vida interrumpida sin que nadie terminara de recoger sus cosas. Ese detalle tiene un significado específico dentro de la historia que cuenta la película, centrada en la memoria, la violencia y lo que el tiempo borra.”Javier Calvo y Javier Ambrossi, directores de "La bola negra"
Esta declaración de los directores me parece la clave de toda la operación. Calvo y Ambrossi no eligieron estos pueblos por exotismo ni por estética: los eligieron porque el abandono real contiene una verdad que ningún decorado puede fabricar. Una botella todavía en el estante, un plato sobre una mesa que nadie recogió, un tractor que se oxidó donde lo dejaron, todo eso comunica algo que una pared levantada en un estudio jamás podría decir por más realista que parezca. En ese sentido, "La bola negra" no solo utiliza a Castil de Carrias y a Loranquillo como escenarios: los convierte en coprotagonistas silenciosos de una reflexión sobre lo que queda cuando todo se va, sobre las huellas que deja la historia en los cuerpos de los lugares y sobre la responsabilidad que tenemos, como sociedad, de no dejar que esas huellas se borren por completo.
Si tienen la posibilidad de acercarse hasta esta zona de Burgos en algún momento, les recomiendo que se calcen unas zapatillas cómodas y se animen a hacer la ruta de senderismo de 22 kilómetros que une Castil de Carrias, Loranquillo y Quintanilla. No van a encontrar un pueblo bonito para la postal típica del turismo rural: van a encontrar algo mucho más valioso, que es la evidencia física de una historia que sigue hablándonos si nos tomamos el trabajo de escucharla. Y después, cuando vean "La bola negra" en la pantalla, van a entender por qué Calvo y Ambrossi prefirieron rodar en lo que ya estaba roto antes que construir algo que pareciera roto. Les aseguro que esa diferencia se nota, y mucho, en el resultado final.
Te puede interesar
