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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Gatos como portadores silenciosos: un parásito intestinal que también puede saltar a los humanos

Un estudio sobre más de 157.000 muestras en América del Norte detectó que el 6,3 % de los gatos tenía Giardia duodenalis y que casi dos de cada diez positivos portaban variantes capaces de infectar a personas. Los más chicos, los más expuestos.

Por Camila AguilarSociedad y vida · · hace 2 d
Gatos como portadores silenciosos: un parásito intestinal que también puede saltar a los humanos

Lo vi con mis propios ojos la semana pasada, mientras esperaba el turno en una veterinaria del barrio: un gato atigrado, jovencito, se acurrucaba en una camita de tela mientras su dueña le acariciaba la cabeza. Ella me contó que lo había adoptado hacía pocos meses y que, desde entonces, había tenido episodios de diarrea que nadie sabía explicar. No lo sabía todavía, pero esa imagen me quedó dando vueltas cuando leí el trabajo que acaba de publicar la revista PLOS One: un análisis de 157.616 muestras fecales de gatos domésticos en Estados Unidos y Canadá encontró que el 6,3 % de esos animales estaba infectado con Giardia duodenalis, un protozoo intestinal que, en ciertas variantes, puede transmitirse a los seres humanos.

El dato no es menor si se piensa en la cantidad de gatos que conviven con familias en la Argentina y en la región. De los 9.962 gatos que dieron positivo en ese relevamiento, 1.840 portaban los llamados ensamblajes A y B, los que pueden infectar tanto a personas como a otros mamíferos. Eso equivale al 18,5 % de los animales infectados. El resto tenía, en su mayoría, el ensamblaje F, que está más asociado a los felinos y que, según la literatura disponible, circula con menos facilidad hacia los humanos.

Los más chicos, los más vulnerables

Una de las cosas que más me llamó la atención fue el peso de la edad. Los gatos menores de un año registraron una prevalencia del 10,7 %, frente a apenas el 1,3 % en los adultos. Entre esos positivos jóvenes, el 19,7 % tenía las variantes A o B, las que nos preocupan como posible puente hacia las personas. Los investigadores lo atribuyen a que los cachorros comparten entornos con otros animales, están más expuestos a superficies contaminadas y todavía tienen un sistema inmunitario en formación. Pienso en aquel gato atigrado de la veterinaria y me pregunto cuántas veces habrá salido al patio, habrá bebido de un charco o habrá lamido una superficie infectada.

Lo que más me inquietó, y quiero compartirlo sin alarmar, es que muchos de estos animales son portadores silenciosos. Pueden tener el parásito en su intestino y, sin embargo, no mostrar señales visibles. Cuando aparecen, los signos suelen ser deposiciones blandas o líquidas, abdomen un poco abultado, cambios en el apetito o menor actividad. Ninguno de estos síntomas confirma nada por sí solo, pero conviene tenerlos en mente, sobre todo en gatos jóvenes que recién llegan a un hogar.

Cómo se transmite y qué hacer ante la sospecha

El mecanismo es conocido y vale la pena repasarlo. El parásito se elimina al ambiente en forma de quistes dentro de la materia fecal, y esos quistes son los que después contaminan agua, alimentos, objetos o superficies. El contagio puede darse por vía oral, al llevar a la boca algo contaminado, algo tan simple como no lavarse bien las manos después de limpiar la caja de arena. Saber que el gato tiene el parásito no significa que vaya a contagiar a nadie, pero sí es una señal clara de que necesita una evaluación veterinaria: el diagnóstico se hace con un examen coproparasitario o con técnicas moleculares como la PCR, que detecta el material genético del protozoo en la muestra.

  • El 6,3 % de los gatos analizados en el estudio dio positivo a Giardia duodenalis, sobre un total de 157.616 muestras de Estados Unidos y Canadá.
  • El 18,5 % de los positivos portaba las variantes A o B, capaces de infectar también a humanos y a otros mamíferos.
  • Los gatos menores de un año fueron los más afectados, con una prevalencia del 10,7 %, contra el 1,3 % en los adultos.
  • El ensamblaje F, predominante en los gatos positivos, circula sobre todo entre felinos y tiene menor riesgo de salto hacia las personas.
  • La infección puede ser asintomática; cuando hay síntomas, aparecen diarrea, malestar abdominal, vómitos o pérdida de peso.
  • La higiene de manos, de la caja de arena y de los utensilios del gato es la herramienta más concreta para reducir riesgos en el hogar.

Vuelvo a la escena con la que empecé. Aquella dueña del gato atigrado todavía no tenía el resultado en la mano cuando me lo cruzó en la sala de espera. Si lo hubiera tenido, seguramente habría salido de la veterinaria con una indicación clara: un análisis de materia fecal, un control con su veterinaria de confianza y, sobre todo, la tranquilidad de que tener un gato infectado no es, ni de lejos, una sentencia. Es, en todo caso, una llamada de atención para cuidar mejor a quien nos cuida todos los días con su ronroneo.

CA
Camila AguilarSociedad y vida

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