Gates reabre el debate sobre la inteligencia artificial y pide que la conversación salga del circuito de las empresas de tecnología
El cofundador de Microsoft difundió un extenso memorándum y un video en sus redes en los que advierte que el avance de los modelos superó las expectativas del público y que, sin intervención del Estado y de otras disciplinas, los efectos negativos pueden superar a los positivos.
"Me sorprende la falta de participación fuera de la industria en cuanto a los problemas que se plantearán y cómo evitar o minimizar los posibles efectos negativos de la IA", escribió Bill Gates en un memorándum reciente que luego desarrolló en un video publicado en sus redes sociales, una intervención que vuelve a poner en el centro de la escena una pregunta incómoda: quién decide, y con qué criterio, cómo se incorpora la inteligencia artificial a la vida cotidiana de millones de personas en el mundo. La frase, que parece hecha a la medida de la Argentina que discute aplicaciones, sesgos y reemplazos laborales, en realidad apunta a un problema de fondo: la conversación sobre los riesgos de la IA sigue concentrada, según la mirada del cofundador de Microsoft, en el mismo circuito que la fabrica, sin la presencia activa de cientistas sociales, especialistas en políticas públicas ni organismos de gobierno que puedan traducir esa discusión en reglas concretas.
Un cambio de tono desde el corazón de Silicon Valley
A lo largo de las últimas décadas, Bill Gates construyó buena parte de su autoridad pública como un optimista de la tecnología, alguien que suele mostrar las caras luminosas de cada innovación antes que sus sombras; sin embargo, en esta oportunidad el tono cambió, y el propio empresario lo reconoce cuando admite que existe la posibilidad real de que los efectos negativos de la inteligencia artificial terminen siendo mayores que los positivos si no se establecen a tiempo mecanismos de control adecuados. Esa autocrítica, viniendo de una de las figuras más visibles del capitalismo tecnológico, no es un dato menor: equivale a decir, en criollo, que el inventor de la herramienta también está mirando el manual de instrucciones para ver qué puede salir mal.
El punto de partida de Gates es bastante sencillo de explicar, aunque no por eso menos inquietante: la velocidad con la que avanzan los modelos de IA ya superó lo que la mayor parte de la gente anticipaba, y esa brecha entre el ritmo de los laboratorios y el ritmo del debate público se traduce, en la práctica, en un riesgo concreto. El empresario observa que todavía hay quienes creen que los sistemas verdaderamente avanzados están a varias generaciones de distancia, una lectura que él no comparte: considera, por el contrario, que varios de los desafíos más complejos podrían presentarse antes de lo esperado, lo que vuelve urgente la necesidad de ampliar la mesa de discusión antes de que las decisiones queden selladas por defecto.
La conversación que, según Gates, está quedando afuera
Para Gates, el problema de fondo no es tecnológico sino político y cultural, y la solución que propone pasa por algo tan viejo como la democracia misma: ampliar quiénes participan en las decisiones. El debate, sostiene, no puede limitarse a las empresas que desarrollan los modelos ni a los especialistas en informática que entienden su funcionamiento interno. Las reglas que se escriban en los próximos años necesitan, como mínimo, de estos otros saberes:
- Científicos de otras disciplinas, desde las ciencias sociales hasta la filosofía y la ética aplicada, que puedan anticipar impactos que el código no muestra.
- Expertos en políticas públicas, capazes de traducir preocupaciones técnicas en regulaciones concretas y exigibles.
- Organismos estatales y gobiernos, con la legitimidad democrática para fijar límites y prioridades que el mercado no va a fijar solo.
- Organizaciones sociales y comunidades afectadas, que suelen ser quienes primero detectan los efectos no deseados de una tecnología.
- Académicos y periodistas, como actores clave para explicar a la opinión pública qué se está decidiendo y por qué.
El propio Gates reconoce, con una honestidad poco habitual en figuras de su peso, que no tiene todas las respuestas y que algunos de los desafíos van a requerir una colaboración global entre personas con conocimientos muy distintos, una formulación que en el contexto argentino suena casi a una invitación a tomar en serio el tema en lugar de dejarlo en manos de cuatro multinacionales con sede a miles de kilómetros.
El vaso medio lleno, según el propio Gates
Aunque el tono de la advertencia es firme, Gates no se entrega al catastrofismo ni abandona del todo su costado optimista, y en el mismo memorándum recuerda que la inteligencia artificial tiene un potencial enorme para resolver problemas de escala global. Menciona, por ejemplo, herramientas que podrían asistir a agricultores afectados por el cambio climático, o la posibilidad de acelerar avances científicos en salud, incluyendo el desarrollo de nuevas soluciones contra enfermedades como la malaria, una agenda que en la Argentina de las economías regionales y del debate sobre el dengue también resuena con fuerza.
La síntesis que propone el cofundador de Microsoft se parece bastante a esa frase que solemos repetir sin pensarla demasiado, la de que la tecnología no es ni buena ni mala en sí misma, sino que depende del uso que se le dé y, sobre todo, de quién participe en decidir ese uso. Si la conversación sigue restringida al circuito de las empresas de tecnología, dice Gates en el fondo de su advertencia, lo más probable es que los efectos negativos terminen siendo mayores que los positivos; si se abre a otros saberes y a la sociedad, queda al menos la chance de anticiparse.Como lectora y como periodista, me quedo con esa idea simple y a la vez enorme: la inteligencia artificial no va a esperar a que nos pongamos de acuerdo, y la recomendación, si me permiten el consejo en primera persona, es prestar atención a este debate ahora, cuando todavía estamos a tiempo de incidir, en lugar de despertar un día con las reglas ya escritas por otros y para otros.
