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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Fletcher y Lachie: la vuelta al mundo que empezó con una cena y terminó en cuatro continentes

Un joven quedó parapléjico a los 17 y, junto a un amigo terapeuta, armó un viaje de tres meses por Europa, Asia, África y América del Sur. Cargó a su amigo en la espalda para subir 268 escalones, buceó con tiburones y voló en parapente. La historia de cómo una amistad forjada en un hospital se transformó en una cruzada por mostrar que las barreras son más mentales que físicas.

Por Camila AguilarSociedad y vida · · hace 43 d
Fletcher y Lachie: la vuelta al mundo que empezó con una cena y terminó en cuatro continentes

Me los imagino todavía en esa mesa del comedor del centro de rehabilitación, con el ruido de fondo de un turno nocturno, eligiendo platos y, sin saberlo, empezando a dibujar la ruta de un viaje que los iba a llevar por Europa, Asia, África y América del Sur. Fletcher Crowley tenía 17 años cuando un accidente en bicicleta de montaña le fracturó dos vértebras y lo dejó parapléjico. Puede pararse y dar unos pasos, pero el esfuerzo lo agota enseguida. Lachie Bennett trabaja como terapeuta en ese mismo centro, dedicado a personas con lesiones medulares. Habían ido juntos al colegio, se habían perdido el rastro y se reencontraron ahí, entre sesiones de kinesiología y planillas de evolución.

A esa cena la siguieron otras, y en alguna de esas sobremesas apareció la coincidencia más fuerte: los dos habían lidiado con ansiedad y habían aprendido, cada uno a su manera, a ponerla en su lugar. Cuando me lo cuento, me suena a esa clase de cosas que no se buscan pero que, cuando aparecen, sostienen una amistad sin que nadie necesite explicarla. Compartían, además, el gusto por la música, la moda, la gente nueva y las experiencias que te sacan de la zona cómoda. Lo que empezó como dos conocidos recuperándose en el mismo edificio se fue convirtiendo, cena tras cena, en algo que todavía no tenía nombre.

La oferta que cambió los planes

El salto al viaje grande fue casi una cuestión de Oportunidad más que de planificación. Iban a armar una escapada de un par de semanas cuando apareció una oferta de vuelta al mundo con múltiples escalas. La compraron sin darle muchas vueltas, de esas decisiones que después se cuentan como el momento en que todo cambió. El itinerario, que iba a ser una minicroisera, terminó incluyendo Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica. Tres meses, cuatro continentes y la mochila cada vez más llena de historias.

  • En Hong Kong, Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones que llevan al Gran Buda. Arriba, según contaron, sintieron que el momento era surrealista.
  • En Suiza, una familia que los seguía por redes sociales los invitó a quedarse en su casa.
  • En Francia se alojaron en la granja de ovejas de un conocido y pasaron una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza.
  • En Brasil recorrieron la selva en cuatriciclo.
  • En Sudáfrica hicieron safari, bucearon con tiburones y se tiraron en parapente.

No todo fue épico, claro. La logística los obligó a buscar caminos alternativos en lugares donde la accesibilidad era nula, y más de una vez la solución fue la espalda de Lachie. Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione, reconocieron. Lo dijo sin épica, casi como quien comenta que el colectivo tarda un poco más los domingos. Esa es, a mi entender, la parte más interesante de la historia: no romantizan el esfuerzo, lo describen con la misma naturalidad con la que uno describe un trámite.

Cómo se financia un sueño así

La plata, en estos casos, suele ser el filtro más cruel. Ellos arrancaron con ahorros propios, suficiente para empezar, no tanto para tres meses a puro movimiento. Empezaron a subir videos a redes mostrando lo que iban viviendo y la respuesta fue creciendo hasta volverse difícil de sostener con un presupuesto de amigos. Una campaña de micromecenazgo les dio el aire que necesitaban para ser más espontáneos, para quedarse un día más en aquel pueblo o cambiar el plan sobre la marcha sin estar mirando el reloj de la tarjeta. El alojamiento, además, se fue resolviendo solo: gracias a los contactos que iban sumando en cada parada, más de una noche la pasaron en casas de gente que los había conocido por la pantalla del celular.

“El mundo no es accesible, nosotros lo somos.”Fletcher Crowley y Lachie Bennett

Cuando vuelvo a pensar en aquella cena del principio, me queda la sensación de que la verdadera aventura no empezó en Hong Kong ni en la cima del Gran Buda, sino en una mesa de hospital con dos pibes que todavía no sabían que estaban por armar algo mucho más grande que un viaje. Fletcher y Lachie, el terapeuta que carga a su amigo en la espalda cuando hace falta y el pibe que se animó a soñar en grande a pesar de que dos vértebras rotas le dijeron que no. El mundo, claro, sigue sin ser accesible. Lo que cambia, después de conocerlos, es la disposición de uno a dejar de usarlo como excusa.

CA
Camila AguilarSociedad y vida

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