Fackham Hall: la aristocracia británica según el manual del disparate
La comedia dirigida por Jim O'Hanlon y coescrita por Jimmy Carr convierte los rituales de una mansión inglesa en una sucesión de enredos, romances imposibles y un cadáver que aparece a la hora del té.
Como diría el maestro Noel Coward si levantara la ceja desde algún retrato parlante de la campiña inglesa, las familias bien nunca se aburren: simplemente les cambia el motivo del escándalo. Esa sentencia bien podría presidir los pasillos de Fackham Hall, la comedia británica que llega con la saludable intención de tomarle el pelo a los dramas de época que tanto nos hicieron suspirar frente al televisor, y a la que en castellano conoceremos como Un muerto a la hora del té, un título que ya de entrada advierte que acá la solemnidad va a durar exactamente lo que dura una porción de torta.
Una boda que no fue y una herencia que presiona
La cosa se pone en marcha con los Davenport, una de esas familias aristocráticas que tienen más apellido que dinero fresco y que, como tantas otras a lo largo de la historia, arreglar su futuro a la antigua: casando a los hijos entre primos, entre primos segundos o, si la cosa aprieta, entre allegados convenientemente próximos. Cuando la boda de Poppy con su primo Archibald se frustra, las expectativas familiares se desplazan con prisa sospechosa hacia la hermana menor, Rose, y entonces aparece en escena Eric, un carterista de paso que termina contratado por la servidumbre, enamorado y, para colmo, comprometido en una investigación que tiene más vueltas que un laberinto de setos.
- Thomasin McKenzie como Rose Davenport, la menor de la familia que carga con el peso del apellido.
- Ben Radcliffe como Eric Noone, el muchacho de origen humilde que se cruza en el camino equivocado en el momento justo.
- Emma Laird como Poppy Davenport, la prometida que prefiere el corazón a la conveniencia.
- Tom Felton como Archibald, el primo que se queda sin novia y con la sonrisa congelada.
- Tom Goodman-Hill como el detective Watt, un Poirot de manual con bigotes y manías que se toma demasiado en serio.
Detrás de cámara aparece Jim O'Hanlon, un director que ya sabe lo que es enfrentarse a los modales de la Inglaterra victoriosa porque fue quien firmó la versión televisiva de Emma de 2009, así que conoce cada pliegue de un corset y cada gesto de una institutriz enojada. El guión, en tanto, lleva la firma de Jimmy Carr, un humorista que sabe cómo hacer doler a la frase sin perder el timing, y que se asocia aquí con el coguionista Jack Clough para convertir las rígidas reglas de la mansión en una pista de aterrizaje de chistes físicos, juegos de palabras y situaciones tan absurdas como queribles.
Una parodia con pedigree y sin mala leche
El material base rescata con cariño las convenciones del género, desde los desayunos larguísimos donde se arregla el destino de tres condados hasta las cenas donde un cubierto mal puesto equivale a una declaración de guerra, y las pone al servicio de una comedia que entiende que el mejor modo de querer a esos mundos es reírse de ellos sin crueldad. Los decorados, el vestuario, la fotografía cuidada y la música acompañan la parodia en lugar de desmentirla, como cuando ves a una señora vestida de organza comportarse como si el destino del Imperio dependiera de la elección del vino, y de pronto descubrís que efectivamente depende, pero del vino de la semana. La comparación con Downton Abbey es inevitable y querida por los propios realizadores: la película entiende que es heredera de esos mundos y les pasa factura con elegancia, recordándoles que la solemnidad prolongada termina pidiendo una carcajada.
A esos romances cruzados se suma un hilo detectivesco que funciona como un homenaje al detective belga más famoso del personaje, Hércules Poirot, al que el detective Watt admira, imita y exagera hasta convertir la investigación en un número de circo con gabardina. La búsqueda del culpable de la muerte que da título a la película avanza en paralelo a los amores imposibles y a las peleas por la herencia, y permite que el guion alterne los enredos sentimentales con momentos de intriga doméstica, esos en los que en una sala bien inglesa de Broadway todos son víctimas y tenés un sociólogo.
Les confieso que entré a la proyección con el ceño lindo de descubrir una parodia más bien despojada del cine de crueldad en el que solecimos las seudo del seudo apuesto, y salí con la sonrisa agradecida del espectador que se ha reído sin culpa y sin necesidad de pedir disculpas. Si les gusta el cine de época pero también la comedia que se permite desacralizarlo, si Extraño, Extraño, Extraño, Extraño, Extraño les suena a plan de domingo y si toleran que una mansión entera funcione como un reloj de los enredos más complicados, Fackham Hall merece un lugar en su lista de pendientes. Yo, si fuera ustedes, me prepararía un té bien cargado, acomodaría el sillón y me dejaría llevar por estos 97 minutos de disparate con pedigree, que de eso se trata: de pasarla bien sin perder las formas, aunque las formas terminen hechas trizas.
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