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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El hombre que le dio la vuelta al mundo sin cronómetro y sin saber nadar, y que el mar se llevó sin devolverlo

Joshua Slocum restauró un balandro podrido, completó la primera circunnavegación solitaria de la historia y publicó un libro que se volvió clásico. Once años después zarpó hacia el sur y nunca más se supo de él. Una historia sobre el oficio, la soledad y los finales que no tienen testigos.

Por Camila AguilarSociedad y vida · · hace 42 d
El hombre que le dio la vuelta al mundo sin cronómetro y sin saber nadar, y que el mar se llevó sin devolverlo

Lo veo todavía, aunque ya pasaron más de cien años de su partida. Un hombre solo, de pie en la cubierta de un balandro de once metros, ajusta las drizas con la calma de quien ha hecho ese gesto diez mil veces. No hay cámara, no hayー, no hay bandera que ondee al viento con un sentido épico. Es el 24 de abril de 1895 y el puerto de Boston despide a Joshua Slocum como se despide a un loco o a un soñador: con una mezcla de curiosidad y lástima. Ese hombre está a punto de escribir una página que nadie había escrito, y todavía no lo sabe.

Un balandro rescatado de un pastizal

El barco se llama Spray, y su historia empieza mucho antes que la de Slocum en el agua. Era un pesquero viejo, abandonado, pudriéndose al sol en un campo de Massachusetts. Slocum lo había conseguido casi por casualidad, y durante trece meses lo reconstruyó tabla por tabla, sin más capital que el oficio que venía acumulando desde los dieciséis, cuando se había enrolado como cocinero y grumete para escapar de la granja familiar en Nova Scotia. Cuando el casco volvió a tomar forma, Slocum tenía entre manos algo más que un barco: tenía la herramienta con la que pensaba desafiar al mundo.

La travesía duró tres años y cubrió más de 46.000 millas náuticas. Cruzó el Atlántico, bordeó el cabo de Hornos por el Estrecho de Magallanes, atravesó el Pacífico y el índico y regresó a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Ningún navegante había completado ese recorrido solo antes que él. Y lo hizo con un equipamiento que, mirado con ojos de hoy, parece una provocación.

Precisión artesanal, no heroicidad

No llevaba cronómetro marino. Usaba un reloj barato de hojalata al que le faltaba el cristal, y compensaba esa carencia con estimaciones de posición, observaciones lunares y una memoria corporal del mar construida a lo largo de décadas de navegación mercante. Tampoco sabía nadar, y lo decía sin ironía: en medio del océano, según él, nadar solo servía para alargar la agonía.

  • En el Estrecho de Magallanes, para disuadir a los fueguinos que querían abordar el barco de noche, Slocum esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta. Losintruso subieron descalzos, pisaron las puntas y huyeron.
  • Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón. Cuando se recuperó, el Spray seguía navegando con rumbo firme.
  • El reloj de hojalata sin cristal fue su instrumento de navegación principal durante toda la vuelta al mundo.
  • El libro que publicó en 1900, Sailing Alone Around the World, empezó como una serie en revistas y se convirtió en un clásico del género.

La despedida, otra vez

En 1900 llegó el libro y con él una fama que a Slocum le quedó grande. Escribía con un estilo seco, irónico y preciso, mezcla de cálculo náutico y humor sin afectación heroica, y los lectores se engancharon. Pero la tierra no lo aguantaba. En noviembre de 1909, a los 65 años, zarpó una vez más desde el puerto de Nueva York, esta vez con intención de explorar el río de la Plata y seguir hacia el sur. Era el Slocum de siempre: solo, sin prisa, sin más promesa que la de volver cuando se le cantara.

Nunca volvió. En noviembre de 1909 partió hacia el sur en su balandro y el mar no lo devolvió. No hubo pedido de rescate, no hubo testigos, no hubo un lugar donde el agua devolviera su cuerpo o los restos del Spray. Sólo quedó la sospecha razonable de que fue embestido por un vapor en las costas brasileñas, hipótesis que barajó el cónsul estadounidense en Río de Janeiro después de entrevistar a varios capitanes que habían navegado por la zona. Pero la verdad nunca se confirmó, y eso también dice algo de quién era Slocum: un hombre que navegaba donde otros no se animaban, que resolvía problemas con tachuelas y reloj de hojalata, y que se fue sin pedirle permiso a nadie. Todavía hoy, cada vez que un navegante solitario se hace a la mar, lleva un poco de ese final: la certeza de que el océano no devuelve a todos los que se le animan, y de que algunos heroes, los más genuinos, son los que desaparecen sin testigos.

CA
Camila AguilarSociedad y vida

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