El fantasma de Rick Blaine: por qué nadie pudo volver a Casablanca
A lo largo de casi ochenta años, Warner Bros. encaró al menos cuatro proyectos para darle una secuela o un remake al clásico de 1942: una continuación de posguerra, una remake rechazada por Truffaut, una historia escrita por uno de los guionistas originales y un intento familiar que tampoco prosperó. Todos se toparon con el mismo muro: la sombra de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, y un final que no pide más.
Hay una línea que Humphrey Bogart pronuncia en la última escena de Casablanca que resume, sin querer, la razón por la que Hollywood nunca pudo volver a ese aeropuerto entre la niebla: «Louis, creo que este es el comienzo de una hermosa amistad». La frase cierra una historia de amor, de guerra y de renuncia, y al mismo tiempo clausura cualquier tentación de continuarla. A pesar de ello, el estudio Warner Bros. encaró durante décadas al menos cuatro proyectos distintos para prolongar o rehacer el clásico de 1942, y los cuatro se estrellaron contra el mismo muro: la imposibilidad material y simbólica de igualar lo que Bogart e Ingrid Bergman construyeron en pantalla.
Brazzaville, la secuela que el final de la película destruyó
El primer intento llegó casi en simultáneo con el estreno. El estudio le encargó al guionista Frederick Stephani un libreto titulado Brazzaville, pensado como continuación directa del film. La idea era recuperar a Bogart como Rick, a Claude Rains como el capitán Renault y a Sydney Greenstreet como Ferrari, y retomar exactamente la conversación final de la película original para abrir una nueva historia centrada en el Rick sin Ilsa. El proyecto se abandonó porque los propios responsables detectaron un problema de fondo: uno de los giros centrales de Brazzaville revelaba que Rick y Renault habían sido agentes aliados desde el principio, algo que contradecía la evolución que ambos personajes tenían en el film de Michael Curtiz. Reescribir el pasado del personaje para justificar su futuro terminó siendo demasiado.
La negativa de Truffaut y el peso del original
Trece años después del estreno, en 1955, el estudio volvió a la carga. Esta vez la apuesta fue un remake, y la conducción se le ofreció a François Truffaut, por entonces en pleno auge de la Nouvelle Vague. El cineasta francés rechazó la propuesta con un argumento que, en pocas líneas, describía la trampa en la que caía cualquier remake: encontrar actores capaces de reemplazar a Bogart y Bergman era prácticamente imposible, y el cariño que el público estadounidense le tenía a la película volvía aún más difícil justificar una nueva versión. La negativa de Truffaut enfrió la iniciativa durante casi dos décadas.
Quiero detenerme acá, porque la observación de Truffaut sigue siendo vigente. Cuando uno mira Casablanca hoy, percibe que el ritmo, los diálogos de Julius y Philip Epstein sobre el borrador de Howard Koch, la música de Max Steiner y la presencia física de Bogart y Bergman forman un bloque inseparable. Cambiar una sola de esas piezas es alterar el clima entero de la película, y cambiarlas todas es rodar otra cosa. Esa es, en definitiva, la piedra con la que tropieza cualquier remake del clásico.
Return to Casablanca, el proyecto más elaborado y el que más cerca estuvo
El intento más serio llegó en los años ochenta. Howard Koch, uno de los guionistas del film original, escribió el tratamiento de Return to Casablanca. La historia se ambientaba dos décadas después del final de la película y seguía a Richard, el hijo de Rick e Ilsa, que descubría su verdadera identidad y viajaba a Medio Oriente en busca de su padre biológico. Koch pensaba en una Ingrid Bergman ya madura para volver como Ilsa, pero la muerte de la actriz en 1982, a los sesenta y cinco años, obligó a reformular toda la propuesta. Warner Bros. rechazó el tratamiento original y también una versión revisada que Koch presentó en 1989. Lo que había empezado como la secuela más querida por sus autores terminó en un cajón.
El intento de Cass Warner y la respuesta del estudio
Años más tarde, la nieta de uno de los cofundadores del estudio, Cass Warner, recogió la posta e intentó relanzar la idea. La respuesta volvió a ser negativa, aunque dejó una puerta entreabierta: el estudio reconsideraría el proyecto si aparecía un director con el peso suficiente para llevarlo adelante. Esa condición, más que un rechazo, fue un reconocimiento explícito de que el problema no era la historia, sino el vértigo de medir cualquier película nueva contra un clásico que el público sigue viendo con la misma devoción que en 1942.
Por qué Casablanca no pide una secuela
La resistencia del filme a cualquier continuación no responde, entonces, a falta de iniciativa ni de talento, sino a un problema estructural. Casablanca descansa en un final abierto y cerrado al mismo tiempo: Rick sube a un avión, Renault se queda para empezar de nuevo, Ilsa parte con Victor Laszlo hacia una causa mayor, y la música de As Time Goes By se desvanece sobre la pista. Cualquier historia posterior obliga a desandar ese cierre o a contradecirlo. A eso se suma un detalle que ningún ejecutivo puede fabricar: la química exacta entre Bogart y Bergman, con la luz de Curtiz y los diálogos de los Epstein, se dio una vez y no se repite.
Si nunca viste Casablanca, te recomiendo que este fin de semana te siente con tiempo,preferably de noche, y la dejes correr hasta el final. Vas a entender por qué, casi ochenta años después, ningún guionista, ni siquiera Koch, ni siquiera Truffaut, se animó a volver a escribir lo que ya estaba perfectamente dicho. Yo, cada vez que la repaso, termino creyendo que el verdadero final de la película no es el del aeropuerto, sino el de los créditos: cuando se apagan las luces y queda uno, en la sala, repitiendo en voz baja lo de Louis, creo que este es el comienzo de una hermosa amistad.
