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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El abdomen que no se va: por qué el cuerpo decide por nosotros y qué hacer cuando la balanza no acompaña

Aunque se entrene y se coma bien, la grasa visceral no responde igual en todas las personas. La genética, las hormonas, el sueño y la edad entran en la misma ecuación, y los expertos marcan una hoja de ruta concreta.

Por Camila AguilarSociedad y vida · · hace 37 d
El abdomen que no se va: por qué el cuerpo decide por nosotros y qué hacer cuando la balanza no acompaña

Lo conozco a este síntoma sin necesidad de presentármelo: me lo encuentro cada mañana frente al espejo, con la misma camiseta gris y la misma queja. A los 48, Ernesto hace tres veces por semana bicicleta, cena sin harinas después de las ocho y se mide la cintura cada lunes con la misma cinta métrica. “Hago todo lo que me dijeron y la panza sigue ahí”, me dice mientras acomoda la mesa en un bar de Belgrano donde trabaja como mozo desde hace veintidós años. No es un capricho estético: en el último análisis, el médico le marcó el colesterol LDL por encima de lo recomendado y le pidió bajar el perímetro abdominal. La pregunta que me dejó flotando es la misma que se repite en miles de consultas: por qué cuesta tanto.

La respuesta corta es que el cuerpo no funciona como una aspiradora dirigida. No existe un interruptor que le diga “sacale grasa a la pancha nada más”. Cuando se pierde peso, el organismo toma energía de los depósitos distribuidos por todo el cuerpo, y la proporción en que lo hace depende de una mezcla silenciosa de factores: la genética que heredamos, los años que cumplimos, los cambios hormonales que se atraviesan y hasta la calidad del sueño de las últimas semanas.

Por qué los abdominales no alcanzan

En el abdomen conviven dos tipos de grasa que conviene distinguir. La subcutánea es la que está justo debajo de la piel, la que se pellizca con los dedos. La visceral, en cambio, se acumula más adentro, rodeando el hígado, el páncreas y los intestinos, y es la que se asocia con mayor riesgo cardiovascular y metabólico. Los ejercicios localizados como las abdominales fortalecen el músculo recto, mejoran la postura y dan tonicidad, pero no le ordenan al cuerpo de dónde sacar la energía. Por eso alguien puede notar el torso más firme y, al mismo tiempo, seguir midiendo el mismo contorno de cinturón.

Ahí aparece una de las claves menos comentadas: dos personas pueden hacer exactamente la misma rutina y comer de manera parecida y aun así registrar resultados distintos en la panza. La acumulación visceral responde a la carga genética, a los patrones hormonales individuales y a la edad. Después de los cincuenta, en especial en las mujeres que pasaron la menopausia, el reparto de grasa tiende a modificarse y a privilegiar la zona media. Los hombres, por su parte, suelen concentrar el depósito en el abdomen desde edades más tempranas. La constancia del hábito no es opcional, pero tampoco garantiza la misma ecuación para todos.

El factor que casi nadie incluye en la cuenta

Ernesto me lo dijo casi de paso, mientras secaba una jarra: “Duermo unas cinco horas, porque me levanto a las cinco y media”. No es un dato menor. Un estudio de Mayo Clinic encontró que restringir el sueño se asoció con un aumento del 9 por ciento en el área adiposa total del abdomen y del 11 por ciento en la grasa visceral, comparado con condiciones controladas. El dato se vuelve más denso si se suma lo que la falta de descanso provoca: más hambre al día siguiente, antojos de comida ultraprocesada y menos fuerza de voluntad para sostener una dieta que, bien mirado, ya requiere cierto esfuerzo.

La alimentación y el movimiento, trabajados en simultáneo, marcan la diferencia más consistente. Una investigación publicada en JAMA Network Open siguió a más de siete mil adultos durante un promedio de siete años y dos meses, y encontró que quienes mejoraron la calidad de la dieta y, al mismo tiempo, aumentaron la actividad física registraron menor acumulación de grasa visceral. El grupo con mayores mejoras conjuntas terminó el estudio con 149 gramos menos de grasa visceral que el resto. La conjunción “y”, en este punto, pesa más que cualquiera de los dos factores por separado.

Qué mirar cuando el espejo no alcanza

Volví al bar de Belgrano una semana después. Ernesto había empezado a acostarse veinte minutos antes, no por receta médica sino por consejo de su hija. Me dijo que todavía no nota la panza más chica, pero que se levantó con menos hambre y que la cinta métrica le dio un centímetro menos. “Es poco”, me dijo mientras me servía un cortado. Le contesté que un centímetro, en grasa visceral, no es poco: puede ser exactamente lo que la evidencia viene señalando desde hace años.

CA
Camila AguilarSociedad y vida

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