De la pantalla de Shanghái a la Constitución: la marcha cantada que se convirtió en himno de China
Una película de propaganda de 1935, pensada para alentar a los jóvenes a sumarse al frente japonés, dejó como herencia un tema que hoy figura en la carta magna del país más poblado del mundo.
"¡Arriba, esclavos que sufrimos hambre, frío y opresión!" arranca coreando "La marcha de los voluntarios", esa canción que muchos oídos argentinos conocen por alguna serie o documental, aunque pocas veces reparen en el camino tan singular que la trajo hasta nuestros días; y lo cierto es que ese camino comienza en una sala oscura de Shanghái, en mayo de 1935, cuando todavía no había tele en color en casi ninguna parte del mundo y la industria del cine chino intentaba, a duras penas, sobrevivir a la guerra civil y a la censura del Kuomintang, el partido nacionalista que por entonces controlaba buena parte del territorio y que, además, mantenía una relación incómoda con los rodajes que sonaran demasiado a proclama revolucionaria; en ese contexto tan apretado vio la luz "Hijos de tiempos turbulentos", un film dirigido por Xu Xingzhi que contó con la producción de la pequeña compañía Diantong y que, según relatan los registros de la época, terminó siendo una de las pocas películas que esa firma llegó a estrenar antes de verse obligada a cerrar por la presión del propio gobierno nacionalista, lo que habla a las claras del clima en el que se cocinó la obra y, al mismo tiempo, de lo mucho que arriesgaron quienes la empujaron hasta la pantalla.
Una trama de amor, fiesta y un amigo que parte al frente
La historia sigue a un poeta que prefiere entregarse a la vida nocturna y cosmopolita de Shanghái, entre amores y juergas, mientras su amigo toma el camino opuesto y se alista para pelear contra la invasión japonesa que ya consumía Manchuria y amenazaba con extenderse; la muerte de ese amigo en el frente es lo que termina sacudiendo al protagonista y lo empuja, ya sin excusas, a sumarse a la resistencia, un giro dramático que puede sonar esquemático visto desde el siglo XXI pero que, leído en clave de 1935, era apenas un espejo de lo que millones de jóvenes chinos estaban viviendo en carne propia entre el norte ocupado y el sur todavía en relativa calma, y por eso funcionó, porque no pedía que el espectador imaginara nada: apenas le devolvía, con canciones y proyectores de carbono, lo que ya estaba pasando en las calles.
Yo, cada vez que me topo con este tipo de historias, pienso en lo cerca que estamos en Buenos Aires de cierto cine de los años treinta y cuarenta de nuestro propio país, aquel que mezclaba radioteatro, tango y un llamado a no bajar los brazos, porque la fórmula de fondo es la misma: contar algo que la gente ya siente y ponerle una melodía que la haga marchar, y eso fue exactamente lo que hicieron el guionista Tian Han, autor de la letra, y el compositor Nie Er, que escribió la música en apenas unos días; Tian Han terminó detenido poco después del estreno, lo que nos recuerda que en la China de esa época escribir una canción podía ser un acto político de consecuencias muy serias, y que aquella melodía que hoy suena en actos escolares y en ceremonias oficiales nació, en buena medida, gracias a una apuesta que sus autores pagaron cara.
De disco de Pathé a himno con rango constitucional
El tema se grabó en Pathé Records con las voces de Gu Menghe y Yuan Muzhi, dos intérpretes muy populares en la escena shanghainesa de entonces, y la versión empezó a girar por las radios y los salones del país con una rapidez que pocos anticiparon; en 1941, ya con China en guerra abierta contra Japón y con aliados occidentales que buscaban gestos solidarios, se editó incluso una grabación en inglés destinada a recaudar fondos para la resistencia china, un detalle que me parece extraordinario porque muestra que la canción había cruzado la frontera de lo doméstico mucho antes de tener rango oficial, y que era, en los hechos, un himno extraoficial de un pueblo que todavía no tenía uno en los libros.
Cuando la guerra civil terminó y el nuevo gobierno debió elegir qué se cantaba en las plazas y en las escuelas, el comité encargado recibió 694 partituras y letras distintas, una cifra que a mí, la verdad, me deja pensando en cuántas horas de escucha habrá habido detrás de esa selección; la marcha ya era conocida por una porción enorme de la población, y Mao Zedong le dio su visto bueno provisional en 1949, casi como diciendo "esto ya está cantado, no hace falta inventarlo", aunque en los papeles se presentó como solución transitoria y recién con el correr de las décadas terminó incorporada al texto constitucional, un hecho que, al menos a mí, me sigue pareciendo insólito: que una canción pensada como aliento de película haya terminado transformándose en un artículo de la carta magna, y que hoy cualquier estudiante chino la recite de memoria sin saber, muchas veces, que su melodía nació en un set de filmación porteño de Shanghái.
Una herencia cinematográfica que también cuenta la canción
El aniversario del film dejó, además, su propia huella en la pantalla grande: en 1959, cuando se cumplían los diez años de la República Popular, se estrenó "Nie Er", un biopic dedicado al compositor del himno que la crítica de la época recibió con elogios por la manera en que retrataba el nacimiento de la melodía y la juventud truncada de su autor, muerto poco después de componerla; cuarenta años más tarde llegó "The National Anthem", una producción que repasaba la historia completa de la canción y que, según los registros de taquilla disponibles, no terminó de enamorar al público, quizá porque cuando un tema ya es parte de la vida cotidiana cuesta convertirlo en relato cinematográfico sin que algo se vuelva ceremonial y un poco tieso, una tensión que el cine chino todavía está buscando cómo resolver.
Si quieren recorrer el origen de primera mano, la película original está disponible completa en Internet Archive, sin subtítulos en español, lo que convierte la experiencia en un pequeño ejercicio de paciencia y de imagination, y les recomiendo dedicarle una tarde a esa Shanghái en blanco y negro que todavía guarda, en sus fotogramas, el momento exacto en que una canción dejó de ser canción para convertirse en mandato patrio; a mí, personalmente, me gusta cerrar una nota así, volviendo al cine, porque me recuerda que la historia de los himnos no se cuenta solo en los libros solemnes, sino también en salas con butacas despintadas y carteles pintados a mano, y que la próxima vez que escuchemos esa melodía en alguna nota de agencia, conviene recordar que su primer escenario fue un mapa político partido en dos y un país entero buscando cómo seguir caminando.
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