Cuidar el cerebro desde la cocina, la calle y el consultorio: qué dejó el mayor estudio sobre prevención de demencia en América Latina
Durante dos años, 1.065 personas de 11 países fueron seguidas en un ensayo que combinó alimentación, ejercicio, entrenamiento cognitivo, vida social y control cardiovascular. Especialistas reunidos en Buenos Aires analizaron los resultados y coincidieron en que la prevención empieza mucho antes del diagnóstico.
Me lo imagino así: una mañana cualquiera en cualquier ciudad de América Latina, alguien de 65 años se para frente a la heladera, abre la puerta y se pregunta si lo que va a desayunar también está cuidando su memoria. No es una idea descabellada. En un encuentro internacional que se hizo en Buenos Aires, neurólogos y neuropsicólogos repasaron durante varias jornadas los resultados de LatAm-FINGERS, el estudio más grande que se hizo en la región para probar si un cambio integral de hábitos puede proteger las capacidades cognitivas con el paso de los años. Lo que allí se discutió puede sonar a consejo de sentido común, pero detrás hay dos años de seguimiento, miles de mediciones y una pregunta que nos importa a todos: ¿se puede hacer algo, en serio, para esquivar la demencia?
Esa fue, precisamente, la hipótesis que el ensayo puso a prueba. Y la respuesta provisional a la que llegaron los especialistas fue alentadora, con un matiz importante que no conviene pasar por alto: no estamos frente a una fórmula mágica, sino frente a una estrategia que pide constancia y que empieza mucho antes de que aparezcan los primeros olvidos preocupantes.
Una estrategia con cinco patas, no una sola
Lo primero que me llamó la atención cuando me senté a revisar el material del encuentro es que los investigadores no hablan de un hábito aislado, sino de un paquete de cinco ejes que funcionan en conjunto. Por un lado, la alimentación y el movimiento, eso que todos damos por descontado cuando pensamos en salud. Por otro, la actividad mental, los vínculos sociales y, en el centro de todo, el cuidado cardiovascular. La lógica es bastante directa: lo que le pasa al corazón y a las arterias termina afectando al cerebro, porque son esos vasos sanguíneos los que llevan oxígeno y nutrientes a las neuronas. Por eso la presión arterial, la glucosa y el colesterol aparecen en la lista de cosas a controlar con la misma urgencia que una caminata diaria o una buena conversación.
Esa mirada integral fue la que guió al equipo de Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal de LatAm-FINGERS, a la hora de armar el protocolo. En diálogo con colegas de toda la región, Crivelli explicó que la propuesta se adaptó a los recursos y las costumbres de cada comunidad, algo clave cuando se trabaja con once países a la vez. La frase que me quedó dando vueltas fue esta: "La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales". Dicho de otro modo: no se trata de copiar una receta de un lugar a otro, sino de mantener la esencia del enfoque y, al mismo tiempo, respetar cómo se vive, se come y se mueve cada comunidad.
- Alimentación saludable y adaptada a los productos y costumbres locales.
- Actividad física regular, acorde a la edad y a las posibilidades de cada persona.
- Estimulación cognitiva a través de actividades que impliquen aprender o ejercitar distintas habilidades mentales.
- Vínculos sociales sostenidos, ya que el aislamiento es un factor de riesgo.
- Control de los factores cardiovasculares: presión arterial, glucosa, colesterol y tabaquismo.
Qué midió el estudio y a quiénes acompañó
El ensayo reclutó a 1.065 personas de entre 60 y 77 años, repartidas por once países de América Latina, y las siguió durante dos años. A los participantes se los dividió en dos modalidades de acompañamiento. La primera ofreció actividades organizadas y un contacto frecuente con los equipos de salud; la segunda dio recomendaciones para que cada uno incorporara los hábitos por su cuenta, con mayor autonomía. Los dos grupos recibieron orientación preventiva y, al finalizar, se compararon los resultados en pruebas cognitivas. La diferencia más clara apareció en quienes siguieron la intervención más estructurada: su cognición global mostró una mejora respecto del otro grupo.
Pero, a mi modo de ver, el dato que más dice sobre la vida real de la gente es el de la adherencia. El 80 por ciento de los participantes tuvo un cumplimiento moderado o alto del programa y el 84,9 por ciento completó la evaluación final. Para mí, eso traduce algo que a veces se pierde en los papers: que las personas, cuando se las acompaña con un plan concreto y cercano, son capaces de sostener cambios en su rutina durante años. No es poco, si tenemos en cuenta que estamos hablando de adultos mayores que, en muchos casos, debieron reorganizar su día a día.
Lo que los resultados dicen y lo que todavía no
Ahora bien, acá viene el matiz que los propios especialistas se ocuparon de subrayar y que me parece importante repetir: una rutina saludable no garantiza, por sí sola, que una persona vaya a escapar de la demencia. La demencia es una condición compleja, en la que inciden factores que todavía no se terminan de desentrañar, desde la genética hasta el ambiente. Lo que estos resultados sí sugieren es que una intervención integral, sostenida en el tiempo y adaptada a cada contexto, puede mover la aguja en términos de rendimiento cognitivo y, sobre todo, en la calidad de vida de los años que vienen.
Pienso en esa persona frente a la heladera. No hace falta que cambie todo de un día para el otro. Alcanza con empezar por alguno de los cinco ejes, pedir un control de presión en el centro de salud, sumarse a una clase de tango o de caminata, llamar a un amigo que hace meses no ve, aceitar la memoria con un crucigrama o un curso nuevo. La ciencia que se discutió en Buenos Aires no promete milagros, pero sí algo bastante reconfortante en tiempos de noticias que suelen abrumar: que hacerse cargo del cuerpo y de los vínculos es, también, una manera concreta de cuidar el cerebro. Y eso, para mí, es una buena noticia.
