Cuatro alumnos, imágenes inventadas y un daño que no se borra con un click: lo que dejó la causa de Lomas de Zamora
Adolescentes de una escuela secundaria de Lomas de Zamora vivieron vergüenza, angustia y sensación de vulnerabilidad después de que compañeros crearan y distribuyeran fotos sexuales falsas con inteligencia artificial. La Justicia investiga a cuatro menores, mientras el caso reabre el debate sobre un daño psicológico que no se neutraliza aunque la víctima sepa que la imagen no es real.
Me lo imagino y me duele. Una chica de catorce, quince o dieciséis años, sentada en su casa, mirando el celular, y de repente se topa con una foto que la muestra desnuda. Sabe que no es ella, sabe que es un montaje hecho con una aplicación de inteligencia artificial a partir de una foto pública de su Instagram, y sin embargo siente que el piso se le abre debajo de los pies. Eso fue lo que les pasó a varias alumnas de un colegio secundario de Lomas de Zamora, y eso fue lo que declaró una de ellas con una frase que, a mi entender, define el centro del asunto: Aunque sé que es falso, me dio vergüenza.
La causa, que tramita en la Justicia bonaerense bajo la carátula de producción y distribución de material de abuso sexual infantil (MASI), tiene cuatro menores investigados. La investigación incluyó allanamientos y el secuestro de dispositivos, según pudo reconstruir este portal a partir de información judicial. El mecanismo, según lo que trascendió, era simple y por eso mismo alarmante: se tomaban fotografías de perfiles públicos de las víctimas en redes sociales y, con herramientas de inteligencia artificial accesibles desde cualquier celular o computadora, se generaban imágenes de contenido sexual que después se compartían en grupos digitales, con indicios serios de que también circularon por aplicaciones de mensajería.
La palabra de las víctimas y el peso de saber que es mentira
Lo que más me llamó la atención, mientras leía los testimonios que se conocieron en los últimos días, fue el modo en que esas chicas describieron lo que sintieron. Una de ellas contó que tardó en hablarles a sus padres porque no quería que la vieran así, aun sabiendo que el material era manipulado. Otra, con una lucidez que asombra por la edad, dijo que les preocupaba el alcance: Creemos que pudo haber llegado a cualquier parte del mundo. Asco, vergüenza, miedo a no saber dónde terminaron esas imágenes. Es decir, todo el repertorio de emociones que provoca un abuso sexual real, pero instalado en el cuerpo y en la cabeza de una adolescente que, en el plano de los hechos, no fue tocada por nadie.
Y acá viene lo que me parece clave para entender por qué este caso excede lo policial y se mete de lleno en la conversación que tenemos que dar como sociedad. La falsedad técnica de la imagen no neutraliza el daño. La víctima lo sabe, la Justicia lo sabe, y sin embargo el padecimiento existe, es concreto y deja huella. Eso obliga a revisar tanto las herramientas legales con las que se persiguen estos delitos como el modo en que las familias y las escuelas acompañan a los chicos cuando algo así ocurre.
Lo que pasó dentro del colegio y lo que pasó afuera
Cuando las alumnas advirtieron lo que estaba ocurriendo, fueron ellas las que dieron el primer paso: le contaron a las autoridades del colegio. Pero, por lo que relataron después, sintieron que la respuesta institucional llegó tarde y no estuvo a la altura. Recién más adelante se organizaron jornadas de diálogo, los cuatro menores investigados pasaron a la modalidad virtual y la Justicia ordenó el cese de hostigamiento, además de medidas para evitar todo contacto entre las partes. La investigación sigue en curso y, por la edad de los involucrados, la causa permanece en el fuero de menores.
La bronca y la angustia se tradujeron en una protesta que ellas mismas organizaron frente al establecimiento, con presencia de estudiantes de distintos cursos y de familias. Los videos de esa marcha se viralizaron y, como suele pasar en estos casos, abrieron la puerta a testimonios de jóvenes de otros colegios que reconocieron haber pasado por situaciones parecidas. Eso confirmó algo que vienen señalando: no es un hecho aislado, es la punta de un iceberg que todavía no sabemos qué tan grande es.
- Revisar la privacidad de las redes: aunque un perfil sea público, las fotos pueden ser utilizadas para generar material manipulado con herramientas de IA cada vez más accesibles.
- Guardar la prueba: si una imagen manipulada llega a un celular, lo correcto es no reenviarla y sí hacer una captura de pantalla con fecha y hora para aportar a una eventual denuncia.
- Denunciar: en la Provincia de Buenos Aires se puede radicar denuncia penal y, aun cuando los autores sean menores, la Justicia puede ordenar el cese de la difusión y secuestrar dispositivos.
- Hablar en casa y en la escuela: el silencio inicial de las víctimas suele estar atado a la vergüenza; un canal de diálogo previo con los hijos facilita que el alerta llegue a tiempo.
- Acompañar sin minimizar: remarcar que la imagen es falsa no borra el daño emocional; por eso es clave validar lo que el adolescente siente y contenerlo antes de avanzar en cualquier paso legal o institucional.
