Cuando el frío se convierte en personaje: "Stalingrado", la película que reconstruyó una batalla que ya no existía
A tres décadas de su estreno, la producción alemana de 1993 sigue conmoviendo por su crudeza y por la decisión de rodar en Finlandia con temperaturas de 30 grados bajo cero. Un clásico de culto que se puede ver hoy en streaming.
Hay una frase que repite el cantor chaqueño chaqueño —perdón, el instinto me traicionó— y que me viene cada vez que pienso en el cine bélico europeo: no se trata de ganar, se trata de sobrevivir. Algo así parece haber entendido Joseph Vilsmaier cuando decidió llevar a la pantalla "Stalingrado", la novela que Theodor Plievier publicó en 1945 y que durante casi medio siglo permaneció esperando un director lo suficientemente obsesionado como para hacerla carne, pólvora y nieve.
Lo que me interesa contarles hoy es cómo se construyó una de las películas bélicas más ambiciosas de la cinematografía alemana, y por qué, a pesar de haber quedado relativamente opacada por el estreno posterior de "Enemigo a las puertas", se ganó con el tiempo un lugar propio en la memoria cinéfila. La película llegó a las salas en 1993, casi cincuenta años después de los hechos que retrata, y lo hizo con una decisión de producción que todavía impresiona cuando uno revisa los números.
Un presupuesto pensado para mostrar sin atenuantes
Vilsmaier contó con 20 millones de marcos alemanes, equivalentes a unos 14 millones de dólares de la época, una cifra muy considerable para una producción europea de los años noventa. El objetivo declarado era no ahorrarle al espectador nada del horror y del agotamiento que vivieron quienes combatieron en la ciudad que lleva el nombre del dirigente soviético. La Batalla de Stalingrado se extendió desde agosto de 1942 hasta la rendición del Sexto Ejército alemán meses después, dejó alrededor de dos millones de muertos y está considerada una de las más cruentas de toda la Segunda Guerra Mundial. En su diario, Joseph Goebbels recogió que Adolf Hitler veía la toma de la ciudad como una necesidad psicológica urgente, por su valor simbólico para el régimen soviético, y dio la orden expresa de no rendirse bajo ninguna circunstancia.
Hay un detalle que a mí, particularmente, me parece de los más elocuentes: la película no se rodó en Stalingrado. La destrucción masiva que sufrió la ciudad durante el conflicto fue tal que, cuando se quiso ambientar el relato, ya no quedaban edificaciones de la época. Los equipos tuvieron que reconstruirla por completo en la posguerra, y los realizadores de Vilsmaier debieron imaginársela otra vez, capa sobre capa, para devolverle al mundo ese paisaje de escombros que los soldados efectivamente pisaron.
“La toma de Stalingrado era, a los ojos del régimen, una necesidad psicológica urgente: no se trataba sólo de avanzar sobre el Volga, sino de quebrar un símbolo.”Anotación atribuida a Joseph Goebbels en su diario, recogida por el material de base
En lo que hace a la recepción, los números cuentan una historia con dos lecturas. La recaudación en Alemania fue de 10 millones de dólares, por debajo de las expectativas iniciales. En España, en cambio, la película encontró un público particularmente cálido, con ingresos equivalentes a 1,34 millones de euros. Con los años, lo que en su momento fue un resultado comercial discretamente se transformó en un reconocimiento crítico sostenido: hoy "Stalingrado" es una referencia ineludible del cine bélico europeo y se puede ver en Amazon Prime Video.
Si me permiten la recomendación en primera persona que suelo dejarles desde esta columna, les sugiero acercarse a "Stalingrado" no como una clase de historia, sino como una experiencia de cuerpos en el frío. Pónganla un domingo por la noche, con un café de por medio, y prepárense para una película que no les pide nada y, sin embargo, les termina pidiendo todo. A mí me sigue conmoviendo esa voluntad de rodar en treinta grados bajo cero, de convocar a doce mil extras, de contratar veteranos amputados para que la imagen no mienta: hay un pulso humano en cada plano que merece, todavía hoy, una revisitada.
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