Cuando Brendan Fraser y Rachel Weisz despertaron a Imhotep: viaje por la trilogía que reinventó a la momia en el cine
Estrenada en 1999 bajo la dirección de Stephen Sommers, La momia rearmó la fórmula del monstruo clásico con aventura, romance y un humor que conquistó al mundo entero.
Hay una frase que me quedó grabada desde la primera vez que vi esta película y que, cada vez que la vuelvo a poner, me sigue arrancando una sonrisa: "Yo soy Rick O'Connell, y ésta es Evelyn Carnahan, y vamos a salvar al mundo… o moriremos en el intento". Es la declaración de intenciones de una película que, sin pedir permiso, mezcló la épica de las películas de aventuras con el escalofrío del cine de monstruos y el calor de una historia de amor improbable. La momia, dirigida por Stephen Sommers y estrenada en 1999, no fue sólo un éxito de taquilla: fue la piedra inicial de una trilogía que devolvió a las salas a un personaje que el cine había dado por enterrado varias veces.
De las arenas de Egipto a la pantalla grande
Para entender por qué esta película importa, hay que retroceder unos cuantos años en la historia del cine de monstruos. Durante las décadas del treinta y del cuarenta, los Estudios Universal construyeron todo un imaginario alrededor de criaturas como Drácula, Frankenstein o el Hombre Lobo. La momia original, de 1932 con Boris Karloff, fue una de esas joyas del terror clásico: solemne, pausada, pensada para asustar en silencio. Con el paso de las décadas, el personaje se fue apagando, repetido en producciones cada vez más menores que terminaron por convertirlo en un recurso gastado. Sommers vio allí una oportunidad: tomar a Imhotep, ese sacerdote maldito que vuelve a la vida miles de años después de su muerte, y meterlo dentro de una aventura a la altura de los tiempos. El resultado fue una película que respeta el ADN del monstruo pero lo viste con un traje nuevo: el de la aventura desatada al estilo Indiana Jones, con toques de comedia, romance y un ritmo que no da respiro.
Rick O'Connell, el personaje que interpreta Fraser, es un soldado estadounidense con más de de lo que le cuadra: contrabandista de tumbas, mentiroso encantador y, sobre todo, el único hombre vivo que conoce el camino a Hamunaptra, la legendaria ciudad de los muertos. Evelyn Carnahan, en la piel de Weisz, es todo lo contrario: una egiptóloga académica, algo torpe en la vida cotidiana, pero con una intuición histórica asombrosa y una valentía que ella misma no sabe que tiene hasta que la situación la obliga a sacarla. Cuando los caminos de ambos se cruzan en El Cairo de 1925, lo que empieza como una transacción incómoda termina siendo la expedición más peligrosa de sus vidas.
Una trilogía con huella propia
Lo notable es que Sommers no se quedó en el cómodo terreno del homenaje: construyó un universo. La primera entrega funciona como una gran carta de presentación, pero la verdadera jugada fue convertirla en el capítulo inicial de una trilogía. En 2001 llegó El regreso de la momia, donde la historia se mudó parcialmente a Londres y el conflicto se internacionalizó: Imhotep y su amada Anck-Su-Namun viajan hasta Inglaterra en busca del brazalete de los Ankh, y Rick y Evelyn, ya instalados en una vida más tranquila con su hijo Alex, vuelven a meterse en problemas. La película sumó a un villano de lujo como el Dwayne Johnson en su primera incursión cinematográfica seria, y llevó la saga a un terreno más espectacular, con secuencias memorables dentro del Museo Británico.
La saga cerró en 2008 con La momia: La tumba del emperador Dragón, una entrega que se alejó de Egipto y se instaló en la China imperial, con un nuevo villano encarnado por Jet Li. La aventura creció en escala: ejércitos de terracota, una nueva maldición y una apuesta visual enorme. No todos la recibieron con el mismo entusiasmo que las dos anteriores, pero sirvió para confirmar que la franquicia había logrado algo poco frecuente: sostenerse casi una década sin perder su esencia de aventura con monstruos. Mirando las tres películas en conjunto, lo que queda es la sensación de que Sommers encontró un equilibrio difícil: hacer cine de aventuras sin traicionar al monstruo, hacer cine de monstruos sin aburrir al espectador moderno, y meter una historia de amor en el medio sin que parezca pegada con cinta.
Por qué sigue mereciendo una revisita
Si tuviera que recomendar esta trilogía en una sobremesa, les diría que empiecen por la primera y la vean con ojos de quien redescubre algo. La momia es de esas películas que envejecen bien porque nunca pretendieron ser otra cosa que lo que son: una aventura en toda la regla, con sustos efectivos, personajes entrañables y un romance que funciona porque Fraser y Weisz tienen una química genuina, de las que no se fabrican con marketing. Es, además, una película con corazón: en un género donde los personajes suelen ser sólo piezas de un mecanismo, Rick y Evelyn respiran, se enamoran, se pelean y se eligen. Eso, que parece tan sencillo, es lo que vuelve a esta saga una de las mejores puertas de entrada al cine de aventuras moderno. Si tienen una noche libre y ganas de dejarse llevar, pónganla, bajen un poco la luz y déjense llevar por las arenas de Hamunaptra: les prometo que no se van a aburrir.
- La entrega original, de 1999, es la más recordada por crítica y elogio del público, y la base sobre la que se construyó la trilogía completa.
- El regreso de la momia, de 2001, trasladó el conflicto a Londres, sumó nuevos personajes y llevó la acción a escenarios inesperados como el Museo Británico.
- La tumba del emperador Dragón, de 2008, cerró la saga con un salto a la China imperial, un villano de lujo como Jet Li y una puesta en escena más ambiciosa.
- El tándem Brendan Fraser y Rachel Weisz es el corazón de las dos primeras películas y la principal razón por la que la saga mantiene su vigencia casi tres décadas después.
