Cinco errores que todavía nos hacen subestimar al corazón
Un cardiólogo de Cleveland Clinic repasó las creencias más arraigadas sobre las enfermedades cardiovasculares y explicó por qué pueden jugarnos en contra. De la idea de que son cosa de hombres grandes a la confianza ciega en el "me siento bien".
Me acuerdo de mi vecina Clara, que un martes fue a la guardia por un dolor en la mandíbula que le parecía una contractura y terminó internada con dos stents. Tenía 47 años, dos hijos adolescentes y ningún antecedente que ella misma hubiera registrado. Cuando la vi de nuevo en el edificio, ya repuesta, me dijo algo que se me quedó grabado: "Toda la vida pensé que esto le pasaba a otros, a los viejos, a los hombres". Esa frase resume, casi sin querer, lo que un especialista de Cleveland Clinic acaba de poner en palabras: las enfermedades del corazón siguen envueltas en creencias que retrasan diagnósticos y, muchas veces, complican lo que podría haberse detectado a tiempo.
Las cifras que explican por qué urge revisar lo que creemos
Según la Organización Mundial de la Salud, las enfermedades cardiovasculares causaron 19,8 millones de muertes en el mundo durante 2022, lo que equivale al 32% del total global. Es la principal causa de muerte en el planeta y, sin embargo, gran parte de la población todavía opera con información desactualizada sobre cómo se presenta, a quiénes afecta y cuándo conviene actuar.
El doctor Luke Laffin, cardiólogo de Cleveland Clinic, identificó cinco mitos que circulan con fuerza y que pueden tener consecuencias concretas. Los recorrí uno por uno y los resumo acá, con su lectura y la mía, porque entenderlos puede ser la diferencia entre llegar a tiempo o llegar como llegó Clara.
Los cinco mitos que el cardiólogo desmiente
1. "Es cosa de hombres". Laffin es directo: "El corazón no discrimina por sexo". Las mujeres tienen factores de riesgo propios, como la menopausia, el uso de anticonceptivos orales y ciertas complicaciones del embarazo. A eso se suma que sus controles suelen postergarse frente al trabajo, los hijos y el cuidado de otros. Conocer los propios factores y conversarlos con un médico de cabecera, que puede derivar a cardiología si hace falta, es el primer paso.
2. "Después de los 50 recién empieza el problema". Las alteraciones en arterias y vasos sanguíneos pueden aparecer a los 20, 30 o 40 años, muchas veces sin síntomas. La predisposición genética al colesterol alto o a la hipertensión puede estar presente desde edades tempranas, por eso los análisis de sangre y los chequeos regulares también son cosa de adultos jóvenes.
3. "Si en mi familia hubo infartos, ya estoy condenado". Los antecedentes familiares aumentan el riesgo, pero no determinan el desenlace. Una alimentación saludable, al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada, dejar de fumar y moderar el alcohol son medidas que bajan esa probabilidad. Y cuando los cambios de hábito no alcanzan, hay medicamentos seguros para controlar la presión y el colesterol.
4. "Si me siento bien, estoy bien". La enfermedad coronaria avanza lenta y silenciosa; la hipertensión y el colesterol elevado, en general, no avisan. En algunos casos, el primer indicio es un infarto o un accidente cerebrovascular. Por eso las consultas anuales con el médico de atención primaria y los análisis periódicos son la única forma razonable de seguir esos indicadores antes de que se transformen en una urgencia.
5. "El deterioro cardiovascular es inevitable con los años". Si bien el envejecimiento aumenta el riesgo, mucho del deterioro se puede prevenir o enlentecer con los mismos hábitos ya mencionados y con un seguimiento médico sostenido. Envejecer no es sinónimo de enfermarse del corazón.
Qué queda después de revisar estas cinco creencias
Lo que saco en limpio, mirando a Clara y a las cifras que maneja la OMS, es que la mayoría de los problemas cardíacos graves empiezan mucho antes de que aparezcan las señales. Y que la diferencia entre un susto y una tragedia muchas veces está en un análisis de sangre a tiempo, en una consulta que parece rutinaria o en animarse a preguntar qué riesgos familiares pesan sobre uno. No se trata de volverse hipocondríaco ni de vivir pendiente del corazón, sino de sacarlo del rincón de los "problemas ajenos" y ponerlo en la lista de cosas que cuidamos mientras todavía estamos bien. Como me dijo Clara la última vez que hablamos en el pasillo: "Ahora cada vez que me hago un chequeo pienso que es la cita más importante del mes". Y la verdad, razón no le falta.
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