Chicos que llegan rotos a la consulta: la salud mental infantil se desborda y el sistema no da abasto
Síntomas que se multiplican, profesionales que faltan y un chico en el medio de tres ministerios: cómo se vive la crisis desde los consultorios, las escuelas y las guardias.
Lo primero que veo cuando entro a la sala de espera del consultorio de psiquiatría infantojuvenil es a una nena de unos diez años abrazada a la mochila, con la mirada clavada en el piso y la madre que le acaricia el pelo mientras le susurra algo al oído. Hace cuatro meses que esperan un turno. La nena dejó de dormir, moja la cama otra vez y se hace cortes en los brazos. La mamá me cuenta que la escuela la derivó al hospital, el hospital la devolvió a la escuela, y en el medio quedaron ellas dos, dando vueltas. Esa imagen se repite, con variantes, en cada guardia pediátrica, en cada aula y en cada oficina del servicio local que visito para armar esta nota.
Lo que pasa hoy con la salud mental de las chicas, los chicos y los adolescentes argentinos se parece menos a una serie de casos aislados y más a un patrón que se repite de norte a sur. Dormir se volvió una pelea. Aprender, un suplicio. Alimentarse, un campo minado entre el hambre y la comida compulsiva. Hay pibes que se aíslan, que se lastiman, que dicen en voz baja que no quieren seguir viviendo. Y detrás de cada uno de esos síntomas hay, casi siempre, una historia que tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla.
La violencia como origen silencioso
La violencia aparece una y otra vez en las conversaciones con los profesionales. Las estimaciones de UNICEF son contundentes: una de cada ocho niñas y mujeres argentinas sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los 18, y entre los varones la proporción es de uno cada once. Buena parte de esas experiencias queda silenciada porque nunca encontró un interlocutor válido, y sus consecuencias sobre la salud mental se arrastran durante décadas. A eso se le suman maltratos cotidianos, negligencia, humillaciones en la propia casa o en la escuela, situaciones que pocas veces quedan registradas en un expediente pero que pesan como plomo en la cabeza de un chico.
Las plataformas digitales sumaron un capítulo nuevo. Chicos y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a materiales que trivializan el riesgo. Según datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, una cifra que deja de ser una curiosidad estadística cuando uno la cruza con las consultas por adicción y por deuda familiar. El uso intensivo de pantallas no es, en sí mismo, el problema: en muchos casos funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir.
Aprender cuando la energía está puesta en sobrevivir
Los resultados de las pruebas PISA 2025 terminaron de completar el cuadro. Casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y tolerancia a la frustración, tres recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica de un pibe está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono. Por eso, en las aulas, lo que muchos docentes ven no es desinterés sino agotamiento.
Cuando la ayuda llega tarde o llega partida
Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y pide ayuda, se topa con un sistema que responde con listas de espera largas, pocos profesionales y un laberinto de ventanillas. La atención suele llegar fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma agudo, la justicia la infracción. El chico, mientras tanto, queda en el medio, perdido como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que no siempre se hablan entre sí. Lo que tendría que ser un acompañamiento sostenido termina siendo un tour por instituciones que no se hacen cargo del todo.
Los equipos especializados son escasos, los servicios están saturados y la formación de nuevos profesionales no alcanza a cubrir la demanda. En muchas ciudades del interior, conseguir un psiquiatra infantojuvenil implica viajar o esperar meses. En el AMBA, los hospitales públicos tienen listas de espera que se miden en semestres. La consecuencia es directa: una señal temprana, que en otro contexto podría trabajarse con pocas sesiones, se convierte en una urgencia que termina en la guardia.
Antes de irme del consultorio, vuelvo a mirar a la nena de la mochila. La madre me dice, con una mezcla de culpa y alivio, que por fin las escucharon. Le pregunto qué sintió cuando le dieron el turno y me responde, sin pensar demasiado: "Que por primera vez alguien la miró a ella y no al problema". Esa frase me parece el centro de la cuestión: mientras el sistema siga mirando expedientes, síntomas o estadísticas, va a seguir perdiendo pibes en el camino. Empezar por mirarlos a ellos, como personas enteras, es el primer paso para que esta crisis empiece a aflojar.
