Aftas que no se van: la historia de Mariana y la señal que muchos dejan pasar
Pequeñas, blancas y molestas: así son las lesiones que casi todos tuvimos alguna vez. Cuándo mirar para otro lado y cuándo golpear la puerta del consultorio.
Mariana tiene 47 años, vive en Lanús y trabaja en una tienda de ropa del centro de Avellaneda. Una mañana de julio, mientras se cepillaba los dientes, sintió ese pinchazo familiar en la cara interna de la mejilla izquierda. Era la tercera afta del año, y esta vez, a diferencia de las anteriores, no desapareció en diez días ni en quince. Cumplió tres semanas y seguía ahí, redonda, blanquecina, con un borde rojo que ardía cada vez que hablaba o tomaba mate. "Yo siempre pensé que era stress del trabajo, hasta que me empezó a doler la encía del lado de abajo y noté que estaba muy cansada, sin ganas de nada", me cuenta por teléfono, con la voz todavía baja. Lo que le pasó a Mariana no es un caso aislado: es, justamente, el ejemplo que los odontólogos y los clínicos repiten en los consultorios para explicar cuándo una afta deja de ser una molestia pasajera y se convierte en un motivo de consulta.
Qué son y por qué aparecen
Las aftas, también llamadas úlceras bucales, son lesiones que se forman en la mucosa de la boca: en la cara interna de las mejillas, debajo o sobre la lengua, en las encías, el interior de los labios o el paladar blando. Casi siempre se presentan con un centro blanquecino, gris o amarillento rodeado por un borde rojizo, y a veces vienen precedidas por un ardor o un hormigueo que anuncia su llegada. Un dato que muchos ignoran: no son lo mismo que el herpes labial. Las aftas no aparecen en la parte externa de los labios y no se contagian, mientras que el herpes sí se ubica en el borde del labio y es transmisible.
En la gran mayoría de los casos, las aftas pequeñas y redondeadas se curan solas en una o dos semanas, sin tratamiento y sin dejar marca. Existe una variante mayor, menos frecuente, más profunda y dolorosa, que puede tardar hasta seis semanas en cerrar. Y hay una tercera forma, herpetiforme, compuesta por ulceraciones muy chiquitas que tienden a agruparse, sobre todo en personas adultas.
- Morderse la mejilla o el labio por accidente, algo que se repite sobre todo en quienes duermen apretando la boca.
- Un cepillado muy agresivo o el uso de hilo dental con demasiada fuerza.
- Roces con brackets, dentaduras postizas o prótesis mal ajustadas.
- Quemaduras con alimentos o bebidas demasiado calientes, tan comunes en el mate bien cargado.
- Períodos de estrés, cansancio acumulado y cambios hormonales asociados a la menstruación o el embarazo.
Lo que dice la ciencia sobre alimentación y aftas
La comida y el estado nutricional también tienen su parte. Las carencias de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D aparecen de manera recurrente en la bibliografía médica como factores asociados. Un metaanálisis publicado en 2024 por la revista BMC Oral Health, que reúne estudios de distintos países, encontró que las personas con aftas recurrentes mostraban con mayor frecuencia déficit de vitamina B12, bajas reservas de hierro medidas por ferritina y niveles reducidos de hemoglobina. Los propios autores aclaran que esta asociación no prueba una relación de causa y efecto, y que en algunos indicadores la evidencia disponible todavía es limitada. Es decir: la anemia puede estar detrás de las aftas, pero no todas las aftas vienen de la anemia.
Cuando las lesiones son múltiples o vuelven una y otra vez, la explicación puede estar en una enfermedad de base. Entre las más mencionadas están la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva, distintas infecciones virales, bacterianas o fúngicas y estados de inmunidad debilitada, incluido el VIH/sida. Precisamente por eso, cuando el cuadro se repite, los especialistas suelen pedir análisis de sangre y, en algunos casos, una derivación a un gastroenterólogo o a un reumatólogo.
Las señales de alerta que no conviene postergar
- Una llaga que no cierra después de dos o tres semanas.
- Aftas que aparecen con una frecuencia mayor a la habitual o en cantidad inusual.
- Lesiones más grandes de un centímetro o que se profundizan.
- Dolor intenso que impide comer, hablar o dormir con normalidad.
- Síntomas asociados: fiebre, diarrea, dolor articular, pérdida de peso, cansancio persistente o aparición de lesiones en otras partes del cuerpo.
Mariana, finalmente, fue a su médica de cabecera después de casi un mes con la afta abierta. Le pidió análisis de sangre, le diagnosticó una anemia ferropénica y, mientras trataba esa carencia con suplemento y ajustes en la dieta, las lesiones empezaron a espaciarse. "Lo que aprendí es que una cosa tan chiquita como una llaga en la boca puede ser la manera que tiene el cuerpo de pedir que le prestemos atención", me dice antes de cortar. Tiene razón: prestar atención, en estos casos, suele ser la diferencia entre una molestia que se va sola y un problema que necesita resolverse.
