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Viernes, 16 de octubre de 2026
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A los 93, Ellen Burstyn sale a caminar, va al gimnasio y entrena fuerza: qué se puede aprender de su rutina

La actriz estadounidense combina paseos, trabajo con pesas y un circuito corto de ejercicios. Especialistas consultados remarcan que adaptar la carga y la técnica es clave, sobre todo cuando hay artritis, fracturas previas o problemas de equilibrio.

Por Camila AguilarSociedad y vida · · hace 24 d
A los 93, Ellen Burstyn sale a caminar, va al gimnasio y entrena fuerza: qué se puede aprender de su rutina

Me imagino la escena y casi la veo: una mañana cualquiera en una calle de Estados Unidos, una mujer de 93 años con una férula en una mano y un perro que tira de la correa. Camina. No apurada, no lenta: a su ritmo. Esa imagen, que la propia actriz se encargó de difundir, condensa una forma de envejecer que cada vez aparece más en las conversaciones de la consulta médica y del living de casa. Y que, bien mirada, no es magia ni suerte: es método. Se llama Ellen Burstyn, tiene 93 y, según contó ella misma, todos los días sale a caminar, va al gimnasio y se cuida. Yo, como muchos lectores, quise ir más allá del titular y entender qué hay detrás de esa frase tan simple.

Porque acá aparece una distinción que vale la pena hacer en voz alta: caminar y entrenar fuerza no son sinónimos, ni siquiera en la adultez mayor. Uno puede ser parte de una jornada activa y, aun así, no reemplazar el trabajo específico de los músculos que sostienen el cuerpo en la vida diaria. La rutina de Burstyn, según el material que reconstruyó su testimonio, combina paseos con su perro varias mañanas por la semana, sesiones en un gimnasio y entrenamiento con un preparador físico personal. Esa combinación es la que hoy recomiendan cada vez más los especialistas en medicina deportiva y rehabilitación.

Por qué caminar no alcanza si los músculos no acompañan

Matthew Kampert, especialista en medicina deportiva y responsable del Programa de Medicina del Estilo de Vida de la Cleveland Clinic, lo explica con una imagen muy concreta: fortalecer los glúteos favorece la estabilidad cotidiana y puede ayudar a que los adultos mayores sufran menos caídas. Es algo que aparece en acciones tan banales como levantarse de una silla, subir una vereda o sostener el equilibrio cuando el colectivo frena de golpe. Son movimientos pequeños, pero los cuáles que terminan en una fractura y cuáles no.

El propio caso de Burstyn ilustra por qué el tema no es menor: la actriz tuvo dos fracturas de muñeca a lo largo de su vida, usa una férula en una de sus manos y convive con artritis. Esos antecedentes obligan a tomar su rutina como una inspiración y no como un calco. Cualquier persona con lesiones previas, dolores articulares persistentes, enfermedades crónicas o dificultades de equilibrio necesita una evaluación previa, ya sea con su médico de cabecera, con un kinesiólogo o con un profesional capacitado en prescripción de ejercicio. No es un llamado al miedo, sino al sentido común: la consulta previa no es un trámite, es una parte del entrenamiento.

Un circuito corto, casero y adaptable

Para quienes sí pueden empezar, el entrenador Álvaro Puche propone una rutina breve que se puede hacer en casa y que está pensada para sumar al hábito de caminar. Son apenas tres o cuatro minutos, tres veces por semana, con cuatro ejercicios:

  • Ponerse de pie desde una silla sin ayudarse con las manos, para trabajar piernas y glúteos.
  • Elevar los talones repetidamente, apuntando al equilibrio y a la musculatura de la pantorrilla.
  • Hacer remos con una banda elástica, un recurso accesible y de bajo costo para fortalecer la espalda.
  • Realizar flexiones inclinadas contra un apoyo elevado, estable y que no resbale, como una mesa robusta o una pared.

La ejecución, aclaran los especialistas, se adapta a cada persona. Cambian la altura del asiento, el recorrido del movimiento, la tensión de la banda y la cantidad de repeticiones. La técnica y la seguridad van antes que la velocidad o el número: una flexión bien hecha vale más que diez mal hechas, y una silla adecuada puede ser la diferencia entre un ejercicio provechoso y una caída evitable.

Vuelvo a la imagen del principio, esa mañana con el perro y la férula. Lo que más me interesa de lo que contó Burstyn no es sólo el ejercicio: es la edad en la que decidió cambiar. Ella empezó a modificar sus hábitos cerca de los 40, adoptó una alimentación vegetariana, dejó el alcohol y el cigarrillo y, desde entonces, fue sumando. Leer, recibir visitas, ir a conciertos, seguir trabajando: el movimiento ocupa un lugar en esa vida cotidiana, pero no la define. La conclusión que me llevo, y que creo que vale compartir, es que a los 93 no se llega copiando la rutina de una actriz famosa, sino entendiendo que cada cuerpo necesita su propio plan, hecho con profesionales que lo respeten y con la paciencia de empezar de a poco.

CA
Camila AguilarSociedad y vida

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