Un número que dice cómo envejece el cuerpo entero: la métrica que la OMS quiere instalar en los consultorios
Investigadores de longevidad desarrollan un indicador que combina cognición, movilidad, sentidos, ánimo y energía para detectar deterioros antes de que se conviertan en enfermedad. Todavía no integra los chequeos de rutina, pero ya se prueba en ensayos clínicos en Francia y en Estados Unidos.
A doña Ester le cuesta abrir la tapa del frasco de mermelada. Tiene setenta y tres años, vive sola en un departamento de Boedo y cada mañana camina seis cuadras hasta la verdulería. Cuando se lo cuento a una médica geriatra, lo primero que me dice es que ese gesto, el de girar una tapa, es una de las pruebas que ya se usan en los consultorios para medir cómo envejece una persona. Lo segundo que me dice es que, cada vez más, los investigadores quieren sumar ese dato a otros parecidos para armar un solo número que diga, de un vistazo, cómo anda el organismo entero. A ese número lo llaman capacidad intrínseca.
El concepto parece ambicioso: reducir a una cifra la salud de un cuerpo que envejece. Pero la lógica que hay detrás es bastante concreta. En lugar de esperar a que aparezca una enfermedad para actuar, se trata de medir qué puede hacer esa persona hoy y detectar pérdidas funcionales antes de que se transformen en algo grave. La Organización Mundial de la Salud lo formalizó en 2015, dentro de su programa mundial sobre envejecimiento saludable, y desde entonces un puñado de equipos en el mundo trabaja para validarlo como herramienta clínica.
Las cinco dimensiones que se miden a la vez
- Cognición: memoria, atención y capacidad de resolver problemas everyday.
- Locomoción: fuerza muscular y movilidad, evaluadas a menudo con la velocidad al caminar y la fuerza de agarre.
- Capacidad sensorial: visión y audición, dos sentidos que cuando fallan aceleran el aislamiento y las caídas.
- Bienestar psicológico: estado de ánimo, presencia o no de depresión y ansiedad.
- Vitalidad: energía general del cuerpo y tolerancia al esfuerzo físico, lo que los anglosajones llaman vitality.
Varias de estas pruebas ya forman parte de la consulta geriátrica clásica. Lo que cambia con la capacidad intrínseca es que se las combina en un índice único y, sobre todo, se lo sigue en el tiempo. No se trata de sacar una foto: se trata de filmar cómo cambia esa persona a lo largo de meses y años.
John Beard, profesor de envejecimiento productivo en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia y uno de los impulsores del concepto, me lo resumió en una línea que me quedó dando vueltas: "Incluso cuando las personas son bastante robustas y no tienen ninguna enfermedad, aún podemos detectar cambios en su capacidad." Para Beard, ese margen de detección temprana es el verdadero valor de la herramienta: permite pensar en intervenciones mucho antes de que aparezca un diagnóstico formal.
Dónde se está probando
En Francia se lleva adelante un ensayo con adultos mayores que completan cuestionarios periódicos sobre su capacidad intrínseca y, a cambio, reciben recomendaciones personalizadas. Cuando el puntaje baja, los participantes son derivados a un médico o a un especialista en geriatría para estudios adicionales. Los resultados todavía no son concluyentes, pero el esquema ya muestra cómo podría usarse en un sistema de salud real.
En paralelo, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados para la Salud de Estados Unidos, una oficina conocida por financiar proyectos de alto riesgo y alto impacto, financia un programa que busca demostrar que la capacidad intrínseca refleja de verdad cómo se siente y se mueve una persona, y que puede mejorar con intervenciones tan concretas como el ejercicio o con fármacos que ya están en el mercado. Si los ensayos cierran bien, la métrica podría usarse no solo para seguir pacientes, sino también como criterio para aprobar medicamentos dirigidos al envejecimiento.
Vuelvo a pensar en doña Ester y en su frasco de mermelada. Tal vez el próximo chequeo anual no le pregunte solo por sus medicamentos o por su presión arterial. Tal vez, antes de despedirla, la médica le pida caminar diez metros por el pasillo, le tome la fuerza de la mano, le evalúe la memoria y le pregunte cómo duerme y cuánta energía tiene para subir escaleras. Cinco minutos, cinco dimensiones, un solo número. Una manera de mirar el envejecimiento que, si los estudios acompañan, podría cambiar de raíz cómo cuidamos a los grandes. Yo, mientras tanto, voy a prestarle atención a la próxima tapa que me toque abrir.
