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Teresita, la profesora que cambió el pizarrón por la tierra y hoy cosecha almendras a orillas del Limay

A los 62 años, una ex docente de Biología de Plottier transformó un lote lleno de malezas en Almendras del Limay, un emprendimiento artesanal que la sostuvo incluso durante un tratamiento contra el cáncer en pandemia.

Por Camila AguilarSociedad y vida · 31 de agosto de 2026 · hace 47 min

El alambrado estaba roto y los yuyos ya empezaban a asomar otra vez. Así empieza la historia de Teresita Peláez, una jubilada de 62 años que en 2013 decidió plantar los primeros almendros justo donde antes se metían las malezas, en una chacrita del barrio Piscicultura de Plottier, Neuquén, a metros del río Limay. Lo que en ese momento fue casi una solución de urgencia terminó convertida, con el paso de los años, en Almendras del Limay, un proyecto chico y artesanal donde hoy se cosechan almendras naturales, tostadas, saladas, garrapiñadas y hasta harina.

Cuando la conocí, lo primero que me llamó la atención fue la mezcla rara que se ve en ese terreno: almendros alineados, un invernadero que ella misma fue armando durante la pandemia, plantas aromáticas, la huerta y las colmenas. Todo convive en una sola hectárea que hace casi veinte años compró como terreno baldío. Por entonces Teresita daba clases de Biología en escuelas secundarias de la zona y el lote era, sobre todo, el lugar donde pensaba levantar su casa. La pregunta por el resto del espacio quedó flotando hasta que apareció un problema bien concreto.

Un agujero en el alambrado y un almendro que ya estaba creciendo

Me lo contó mientras mostraba las plantas: un día detectó un agujero en el alambrado y tuvo que decidir qué hacer con ese sector. Dejarlo sin trabajar significaba volver a las malezas; usar el riego solo para mantener el césped le parecía un disparate. Entonces recordó un almendro que años atrás había plantado en otra punta del terreno. Si uno solo había crecido bien, por qué no probar con más. Con esa decisión simple empezó todo.

Para no quedar a ciegas, fue a golpear la puerta del Centro PyME de la zona, donde la recibió la ingeniera Silvana Moschini. Según me dijo Teresita entre risas, esa reunión fue la que terminó de empujarla. "Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara", recuerda. Con esa guía, en 2013 plantó los primeros árboles justo en el sector donde antes estaba roto el alambrado. Dos años después sumó un segundo cuadro de plantación, ya con la idea más firme de que aquello podía transformarse en algo serio.

Del aula a la poda, paso a paso

Mientras los almendros crecían, Teresita seguía dando clases y el emprendimiento era, en sus palabras, "un hobby que a veces me ha resultado un poco caro". El formato artesanal tiene sus costos, pero también tiene una ventaja clave: la cosecha no apura. A diferencia de otras frutas, las almendras se pueden guardar y vender de a poco, sin la presión de colocar la producción en días. Esa flexibilidad le permitió combinar la docencia con el cuidado de los árboles sin que el proyecto se volviera una carga.

Hoy, ya jubilada, recorre la chacra de punta a punta. Ella poda, fertiliza, cosecha y empaqueta. La acompaña José Luis, un hombre con años de experiencia en chacras que también se jubiló y se sumó al trabajo diario. "Es muy artesanal", repite cada vez que describe el proceso. Nada de grandes volúmenes ni de venta a granel por plataformas lejanas: todo va directo al consumidor, en ferias locales y a través de conocidos, con el sello de que la producción es cuidada a mano.

  • Almendras naturales, sin agregado de sal ni azúcar.
  • Almendras tostadas, para consumir como snack.
  • Almendras garrapiñadas, recubiertas con caramelo.
  • Harina de almendras, pensada para repostería.
  • Aceites y subproductos derivados de la cosecha.

La pandemia, el cáncer y el invernadero como sosten

El proyecto fue sumando alas con los años. De los almendros pasó a la apicultura, a las plantas aromáticas, a la huerta, y en plena pandemia se construyó el invernadero que hoy ocupa una parte importante del terreno. Pero esos meses también la encontraron con un diagnóstico durísimo: un cáncer que la obligó a atravesar tratamientos médicos largos mientras seguía al frente de la chacra.

Cuando le pregunté cómo hizo para sostener todo eso, me miró al invernadero y me dijo que ahí adentro encontró algo parecido a un cable a tierra. Cuidar las plantas, regar, cosechar, tener una rutina con las manos en la tierra le dio, en medio del tratamiento, un ancla cotidiana. El proyecto que había nacido por un alambrado roto terminó siendo, sin que nadie lo planeara, una herramienta para pasar la tormenta. Hoy Teresita habla de esa etapa con la serenidad de quien sabe que la chacra la acompañó, y eso, me dijo, no tiene precio.

CA
Camila AguilarSociedad y vida

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